lunes, 5 de octubre de 2020

Lección de vida

 

 

Hoy he recibido un comentario muy valioso, intangible, tan acertado que me ha puesto la piel de gallina. Como escritor, y como ser humano, no puedo dejar de agradecer por tan enorme aporte. No mencionaré la publicación para no generar debate; simplemente diré que, como seres humanos, merecemos respeto: las mujeres no son la excepción, para las cuales escribo, porque desde mi humilde opinión son lo mejor que he conocido, incluidas mi madre, mi esposa y mis hermanas, así como todas las damas que conozco; sin menoscabo al género masculino.

 

Mencionar las virtudes de las mujeres sería redundar, en cambio, diré que me sabe bien hablar de ellas; alabar sus bondades, ocultas o bien disimuladas en esa aparente fragilidad, me conduce a meditar sobre su resiliencia, por cierto, encomiable.

 

Hoy, en mi país, muchas mujeres mueren a manos de miserables sin escrúpulos y, por desgracia, las autoridades, INCOMPETENTES, nada hacen al respecto. No me llevo bien con la violencia, pero al ponerme en los zapatos de quienes han sido privadas de la vida, me hace dudar si la justicia por propia mano es razonable y aceptable. Solo quienes han padecido tan aberrantes acontecimientos saben lo que llevan cargando en sus mochilas, lo cual, merece mi respeto.

 

Muchísimas gracias, querida y respetable Carmen.


Roberto Soria - Iñaki

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miércoles, 30 de septiembre de 2020

Introspección



Las manifestaciones sociales, sin excepción, tienen sus porqués: nada surge de la nada. La muchedumbre se desborda en las comunidades para clamar por sus derechos humanos, los cuales, han sido violentados sin ser atendidos en tiempo y forma por las instancias asignadas para tal efecto.

 

Ante la incapacidad de los gobiernos por subsanar dichas arbitrariedades, parte de la sociedad reacciona y actúa: en algunos casos de manera pacífica, otros (los más) a través de la violencia y el encono. En un análisis descendente, juzgando solo las formas, el resultado sería, sin duda, reprobable: se volcarían locuciones como: «La violencia no se soluciona con violencia», lo cual es cierto, pero: ¿y el fondo? ¿Qué hay de las necesidades no previstas o ignoradas? ¿Qué sucede con esas multitudes ávidas de justicia social?, incluidos el respeto y libertad.

 

Cierto es que, por razones obvias, no se pueden confeccionar modelos distintos de gobierno para cada segmento de la sociedad en un mismo país, por lo cual, rige el conveniente, ejercido en un contexto limitado por la población en cuestión y, acorde a la cultura e intereses de cada nación: sin embargo, el problema medular estriba no necesariamente en el modelo político determinado, sino en la demagogia, en el incumplimiento de las leyes diseñadas para garantizar, en la medida de lo posible, la justicia y el progreso, sin olvidar la seguridad individual y colectiva, así como los temas inherentes a la salud, la educación y las oportunidades de empleo.

 

La mayoría de los gobiernos no están interesados en el bienestar de sus pueblos: buscan con afán el poder y la sumisión de los ciudadanos: la ignorancia es para ellos el escenario perfecto para imponer sus propias leyes y preceptos a través de las simulaciones, de sus argucias, sin importar que se pierdan vidas en su afán de ser electos.

 

Roberto Soria – Iñaki

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domingo, 27 de septiembre de 2020

El espejo no miente.



 

Hoy, el ser humano construye la realidad sobre escenarios distópicos, creados para fines contrarios a la evolución. El hombre, enemigo del hombre mismo, busca con afán el poder: no para construir, sino para generar el caos.

 

La falta de educación integral y de consciencia plena, aunadas a los discutibles “avances tecnológicos”, se conjugan para dar cabida a la desinformación (Fake news). La sociedad se ha convertido en el mejor artículo para comerciar, tranformándose en producto perecedero como los recursos naturales del planeta.

 

El encono, nunca antes visto como ahora, está latente: la ética ha sido expuesta, quedando de manifiesto la incapacidad de razonamiento y tolerancia, de aceptación y entendimiento. Ofendemos, descalificamos y clasificamos a la personas con una facilidad asombrosa. La distorsión, cual espejismo, sobrepasa la verdad que se presenta lánguida.

 

Los megalómanos se apoderan de las voluntades frágiles: estos últimos, seres, en su mayoría, carentes de dignidad, de amor propio y de intelecto, incapaces de ejercer su libre albedrío para emancipar su libertad de pensamiento y el derecho de existir.

 

La dependencia se agiganta, confinando las virtudes y capacidades del individuo en el oscurantismo de la mediocridad y el conformismo: es difícil aceptar la realidad cuando esta duele, pero el reflejo en el espejo nunca miente.

 

Roberto Soria – Iñaki

 

sábado, 12 de septiembre de 2020

Una gata en el tejado



Entramos al apartamento: la lluvia torrencial dejaba tras de sí una estela de relámpagos y truenos. Mi gato tiritaba por el frío, también por miedo. Echado en el sofá nos observó en silencio, moviendo su nariz para olfatear a la mujer que se paraba frente a él con el abrigo en mano.

—Hola, pequeño. No te asustes: soy amiga de tu dueño —cuchicheó con voz melosa.

—Se llama Nikolái —intervine mientras ofrecí las toallas que cogí del baño—: es muy noble, además de aseado y obediente.

—Lo creo: pero… ¿puedo? —dijo, refiriéndose al vestido que llevaba puesto. Asentí con la cabeza y me giré para dejarle a solas.

—No te vayas: puedo hacerlo en tu presencia. El pudor se ha congelado al caminar sobre la acera: ya sabes, después de descender de tu automóvil y correr como dementes.

—Aun así debo marcharme. Yo también me mudaré de ropa. ¿Te apetece un té?

—Sí: muchas gracias. Si tienes un coñac te lo agradecería. Es bueno para prevenir resfriados: al menos eso dicen.

 

Me retiré sin prisa, sonriendo, queriendo prolongar esos instantes de sensualidad inesperados. Marta tarareaba una canción de moda mientras yo, desde la cocina, atisbaba embelesado la silueta de su cuerpo. Antes de ese día, ella y yo nos vimos hace ya tres años. Tres años de ausencia, de no saber uno del otro, de conservar en mi consciencia el gran amor que abandonamos por temor al qué dirán por la inminente diferencia de edades: quince abriles marcan un abismo colosal entre nosotros, pero hoy, después de tanto tiempo, el destino se empeñaba en ponernos frente a frente: esta vez, quizás, para comenzar de nuevo y perpetuar lo que dejamos inconcluso.

 

Dejé las bebidas en la mesa del salón y, desnudo, encaminé mis pasos frente a ella. Sobraban las palabras. Nikolái se puso en pie, mirando por la ventana: una gata lo esperaba en el tejado.

 

Roberto Soria – Iñaki

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#minicuento #parati #relato #poemas #literatura #pensamientos

viernes, 4 de septiembre de 2020

Detrás de la careta

 


Las redes nos atraparon, devorando las neuronas. El objetivo principal, si es que lo hubo, de acercar y unir al mundo, ha sido desvirtuado. Hoy, el encono está presente como resultado de las diferencias sociales y culturales. Las ideologías son armas que asesinan la libertad de pensamiento y expresión. Es cierto que no son todos: existen quienes, con inteligencia mental y emocional, dejan huella favorable para el desarrollo humano, pero por desgracia cada vez son menos.

 

Qué tanto hemos evolucionado; qué tan civilizados somos; qué tan pensantes y razonables nos consideramos. Nos hemos convertido en lo que tanto odiamos: indolentes y mundanos, cobijados por la frivolidad y mezquindad que relega los conceptos éticos.

 

En franca analogía somos como marabunta, acometiendo contra todo y todos de manera voraz, sin escrúpulos, dejando de manifiesto que la ignorancia nos supera porque los principios agonizan.

 

Humanidad: un término que dista de su significado. Y qué decir del futuro: nunca más incierto y devaluado. Poco hacemos como sociedad: los adultos hemos caducado. Sí, estamos atrapados en las redes al igual que los pescados; listos para ser devorados y saciar el apetito del poder y el infrahumano.

 

Roberto Soria – Iñaki

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#sociedad #humanidad #filantropía #antropología

jueves, 27 de agosto de 2020

Pequeño Juan


 

He visto morir a Juan, el más pequeño del pueblo. Me presenté al hogar de quien, por casi dos años, había sobrevivido desde que fue diagnosticado con cáncer: al entrar, la escena frente a mí se presentó desgarradora. Dos docenas de dolientes, cuando mucho, se miraban entre sí. Los padres de Juanito, trémulos y cabizbajos, lamentaban la partida prematura del pequeño. En silencio me acerqué a don Pedro:

—Las palabras sobran, viejo amigo —pronuncié con voz entrecortada.

—Gracias por venir —respondió con gran tristeza.

 

Mariana, esposa de mi amigo, se puso en pie para recibir las flores que llevaba entre mis manos. Un “gracias” apenas perceptible llegó hasta mis oídos. La mujer se retiró: yo, me senté junto a don Pedro. Después de unos minutos de silencio pronuncié:

—No conseguiste ayuda para el tratamiento: supongo.

—Cierto —balbuceó entre lágrimas—. Fui a Palacio Nacional y me negaron audiencia: después de tanto insistir la respuesta fue muy clara: «no soy médico», y antes de cerrar la puerta me dijeron a la cara: «La ciencia lo tiene claro: no gastemos los recursos en los que se saben muertos» —volví al silencio.

 

Lo escuchado no era para debatir, al menos en ese momento. La impotencia recorrió mi cuerpo. Pensé en la frivolidad, en la indolencia. No era justo que Juanito, a sus seis años de edad, encontrara la fatalidad por falta de atención, también de medicamentos.

 

Roberto Soria – Iñaki

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#Salud #reflexiones #sociedad #humanismo #altruismo #solidaridad #justicia #solidaridad

sábado, 15 de agosto de 2020

Matusalén, el árbol.


He visto llorar al Pinus, un anciano que atesora las historias más conmovedoras de una especie en extinción llamada humanidad. Sí, lo he visto; ha sido desde lejos para no contaminarlo de la putrefacta iniquidad que me acompaña. Lo miro con detenimiento y alucino. Su follaje se mueve por el viento, emitiendo sonidos de frecuencia baja, apenas perceptibles. Mis manos mecen mis cabellos blancos y Matusalén parece que sonríe: al menos eso creo.

 

El aroma del madero es fuerte, tanto como añejo. Su sombra es un gigante y yo me siento tan pequeño. Agudizo mis sentidos y percibo sus palabras:

 

—Gracias por venir a visitarme. ¿Sabes? Hace mucho que dejaron de venir los niños. Jugaban justo aquí, en torno mío. Pero las generaciones cambian, al igual que las hojas de mi tronco envejecido. Lamento mucho que los frutos buenos hayan sido corrompidos: mas nada puedo hacer, tan solo contemplar los nidos de las aves que me cantan con sus afinados trinos. Quisiera regresar el tiempo y deshacerme del olvido, pero la concupiscencia del mortal ya me ha vencido. Me limito a reforzar estas raíces que se abrazan a la tierra donde yo he vivido, porque aquí crecí, hasta convertirme en el pilar de los arbustos que se beben con placer el agua que conlleva el río. Poco y nada puedo presumir, si acaso haber ganado la batalla encarnizada que sostuve con el viejo leñador que cercenó mis ramas con el filo de su hacha, impulsado por la sinrazón de destruir lo que se muestra vivo. Perdona mi egoísmo y lo que digo, pero debo preguntar: Ahora que se matan entre ustedes; ¿qué se siente haber nacido?

 

by Roberto Soria – Iñaki

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