miércoles, 3 de enero de 2018

Lamiendo heridas


Acaricia mis heridas
Con esas garras afiladas de mentiras
Permite que tus fauces me devoren las entrañas
Y besa con tu farsa traicionera mi desdicha

Desgarra mis latidos
Que tu experta iniquidad los asesine
Mientras bebo lentamente la ironía
Que derramaste cual veneno sin medida

Despójate del falso amor que me juraste
Que reposen en el suelo tus caretas
Y si quieres puedes desnudarte
Para mirar la falsedad que te caracteriza

Ahora, márchate
Presume con tu amante tu trofeo
Puedes decir que me has ganado la partida
Mientras que yo, intentaré vivir lamiendo mis heridas.



Roberto Soria - Iñaki
Imagen pública

Un plato por acomodar


Froto mis manos motivado por el inclemente frío. Vísperas de Navidad. Personas yendo y viniendo por las calles. Las compras de temporada no se hacen esperar. Es tiempo de conmemorar, de celebrar.
Noticias llegan a mis oídos…, el hermano de una amiga de mi hijo ha muerto. Le arrebataron la vida de una forma bestial. 17 años de edad. Vaya dolor tan inmenso para su familia, un regalo de la sociedad, una sociedad perdida, sumergida en la pobreza. No la del bolsillo, sino la del alma, la de la buena voluntad.
En los últimos 20 días, dos primos de mi esposa han fallecido por causas de enfermedad. Ya no podrán festejar. El sufrimiento en sus familias los obliga a reprogramar… En esta ocasión no habrá cena de Navidad.
Mensajes y llamadas entran en mi móvil, algunas para felicitarme, otras para escucharles llorar. Amigos que a lo largo del año que agoniza lo han pasado muy mal. Cuestiones económicas y de salud. Algunos casos son dramáticos, extremos, pues los ojos de algunos difícilmente podrán ver la luz del año nuevo.
Las palabras me faltan para poder expresar mi sentir, para mitigar la pena de quienes me comparten sus desventuras. Y me pesa, pues no puedo hacer algo que alivie tal amargura.
Enciendo el televisor. Lo que miro no es sorpresa para mí. Cortes informativos anunciando las cantidades exorbitantes de dinero que se meterán en la cuenta bancaria todos los políticos del país…, después, la otra cara de la moneda —Indigentes aparecen muertos bajo un puente peatonal. El frío les quitó la vida—. Así lo dicen los periodistas. Pero, ¿a quién le importa? Pareciera ser que a nadie. La indolencia se mantiene altiva.
—Buenos días. ¡Feliz Navidad!, —es una de mis vecinas —¡no cabe duda que la gente está perdida!, distorsionan por completo el objetivo de estas fiestas. Han comercializado todo lo que corresponde a la espiritualidad—. Le sonrío, sin decir nada. Me encojo de hombros, ella se despide. Reflexiono. No habrá regalos dispuestos bajo el pino que ubicaron mis hijos en la sala de estar, pero llegada la hora, montaré en mi mesa un plato bien servido de alimento, en honor de los que nada tienen esta vez para cenar.


©Roberto Soria – Iñaki
Imagen pública

Una cita postergada


Un año más, frase trillada —eso pienso— cual cometa que aparece iluminando el firmamento, igual llega que se va. Muchos muertos, testigos mudos de aberrantes sufrimientos, acontecimientos todos que tiñeron de púrpura la memoria de los pueblos sin necesidad alguna.
Semillas buenas, muchas —eso veo— en peligro de ser contaminadas por las malas, entre surcos de una tierra fértil que se muestra generosa. A lo lejos, una estrella Navideña se despide, no sin antes señalar un nuevo ciclo de ilusiones renovadas. Muchos Robles han segado sus raíces, invadidos por el miedo de un futuro pernicioso inexistente. Sin embargo, las murallas de lo efímero se reblandecen. Los embates de las buenas voluntades hacen mella. 
Camino entre la nada, los Abetos me señalan mi destino, y mi vista tiene claro el objetivo. Es un río, por momentos caudaloso, otras veces apacible. Divisor de dos porciones de tierra cuya dimensión es ostensible. Hay un puente. En uno de sus extremos se distingue una silueta y, aunque nunca la he visto, sé que es ella.
Sopla el viento, celebrando aquel encuentro que el ayer…, presumió de inasequible. Mis pasos apresuran, enfundados en pisadas de ilusiones, intentando dar alcance al gran regalo que dejara para mí el año viejo. Al punto de reunión me aferro, mientras ella se descubre la melena. Sus labios tiemblan. De sus ojos se desprenden mil destellos, y sus brazos extendidos hacia mí se muestran impacientes, lo confirma su sonrisa de ansiedad por mucho tiempo contenida.
Nos miramos a la cara, entretanto, nuestras manos se entrelazan en señal de bienvenida. —He pecado —le confieso. En silencio me señala con el índice una brecha. Una fila con millares de personas se distingue. Uno a uno, se deslizan por un túnel misterioso, sin salida. —Tú decides, —me conmina —la elección es toda tuya, bien te puedes despertar para enmendar tus yerros, o si quieres, puedes caminar hasta la fila para tomar tu lugar entre los muertos.


©Roberto Soria - Iñaki
Imagen pública

Año viejo


Año viejo, es mi turno de mirarte en agonía… Tú, que llegaste tan seguro, con valijas repletas de esperanzas, ¡mírate! Luces cansado. Tras de ti, una estela de desgracias, baraja de infortunios cuyos naipes jugaron con la buena voluntad en donde muchos…, perdieron la partida.
Tus promesas impolutas se extraviaron en el fango. No te aflijas, te comprendo, después de todo, la responsabilidad del cambio conductual no es cosa tuya.
Fuiste testigo mudo de desastres naturales. La única invitada salió siempre victoriosa. La muerte.
También escuchaste centenares de mensajes pretenciosos, provenientes de líderes perversos que contaminan el orbe, cuya demagogia pestífera amasó fortunas exorbitantes en favor de su linaje. Sí, de unos cuantos, quienes brindarán en copas de oro con el vino extraído de viñedos cuyo fruto, tiene sangre.
A lo largo de tus días la felicidad se hizo presente. Selectiva, lo mismo que la salud. El precio para disfrutarlas fue muy alto, tanto, que muchos terminaron aceptando enfermedades y desdicha sin tener conocimiento que la cura…, es costosa.
Conociste al gran Gigante, “la evolución”. Con esas piernas enormes que hacen pasos demasiado grandes, algunos para bien y otros… para acelerar la destrucción. Pero, cambiando de tema, dime, ¿cómo será tu sustituto? ¡No!, no digas nada, es mejor que lo reciba con laureles. Supongo que al nacer, igual que tú, me hará muchas promesas. Sólo espero que la cuna que le dé la bienvenida no se asemeje a un curul.
Descansa, querido amigo. No te preocupes por nada, después de todo el olvido será ese cruel epitafio, en tu tumba abandonada.


©Roberto Soria - Iñaki
Arte de Oswaldo Guayasamín

Alas mojadas


Estacionada, en el punto ciego de la gran montaña, lamentando que sus plumas se sintieran tan pesadas, y añorando el tiempo viejo cuando mil piruetas en el aire, celebraba…
Situación existencial, que le impide entremezclarse con el viento. Lo mundano le hace presa. A lo lejos, una voz es conducida por el eco —Las aves no requieren de gran cosa, porque vuelan libres—. Ella se asusta. La capacidad de su mirada se reduce de tal forma que no puede distinguir su entorno. Su conciencia le habla, conjugando una sentencia en pospretérito.
Ella misma picotea su pecho, a tal punto de dejarlo hecho jirones. Sus alas sangran. Ante la flagelación el firmamento clama —¡Ataduras!, ¡¿por qué se empeñan en ceñir sus sueños?!—. El reclamo se sumerge entre las nubes.
Un goteo púrpura delata su presencia, se vuelve apetecible para el bando carroñero… Un Cóndor pasajero al verla, afila con facilidad sus garras. Sabe que en cualquier momento, su presa, dejará de luchar hasta doblar sus alas. Ella, advierte del asecho. Entiende que los trozos de su piel, sanguinolentos, servirán de alimento para el buitre.
Levanta la cabeza, irguiendo el pecho. Retadora mira al victimario… le sonríe, e ipso facto se decide a defender su credo. Extender las alas le produce miedo, y el dolor de sus heridas disminuye la velocidad que alcanza en tan hermoso cielo. Pero todo es preferible, antes que perder la vida sin alzar el vuelo.



lunes, 11 de diciembre de 2017

Cuarto menguante


Caminante, con las sienes escarchadas, de pensar un tanto reflexivo. Gesto adusto, y rodillas como mapas por las tantas cicatrices a lo largo de su vida acumuladas.
Tarde gélida, los recuerdos llegan a su mente. Entre sus dedos, un pitillo. El humo que desprende pareciera dibujar en el aire una silueta de dimensiones perfectas. Femenina, por supuesto. Bocanada siete, exhala, y al hacerlo mil suspiros diminutos se entremezclan con el viento y éste, le devuelve en cortesía un par de silabas…, el nombre de ella.
—¡Maldita sea la distancia!—. Reclamo que se pierde al pronunciarlo. Una ráfaga de viento le golpea en las mejillas. «Si tan sólo te pudiera construir un arcoíris.» Pensamiento recurrente de aquel hombre que sin duda, se confiesa enamorado.
—¡¿Por qué la pusiste en mi camino?! Destino cruel y despiadado. Permite circundar su pena para convertirla en polvo, ¡quiero revertir el mal que de su cuerpo se ha adueñado!—. Soliloquio desgarrado, producto de la frustración recalcitrante que se adhiere a su consciencia en una especie de burla que le hace comprender la pequeñez de su existencia.
Se pone en pie, para continuar su andar cual peregrino. Hunde sus manos en los bolsillos de la chaqueta que con gran esfuerzo logra contener el frío. El parque de la zona le susurra…, —bienvenido—. Y la banca de hierro pareciera ser que le sonríe, —toma asiento —se auto dice.
La contempla, es su rosa favorita. Se marchita, ni los rayos del sol surten su efecto. Se oscurece. Es momento de mirar la luna, mensajera de sonetos. Cuarto menguante, dile por favor a esa mujer, que yo quiero ser su amante.


©Roberto Soria – Iñaki

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Mi compañero de vuelo


Extiende sus alas, impetuosa, majestuosa. El viento se amilana, pues no puede contender con los colores que de la Gaviota emanan. El cielo, con esa palidez que lo caracteriza, se decanta en favor de tan imponente vuelo. Tres pares de ojos la observan, establecidos en el nido porque sus pequeñas alas todavía no despliegan. Son sus crías. Expectantes, entendiendo que las peripecias de su madre son lecciones importantes de supervivencia.
Mil piruetas en el aire, circenses todas ellas, acompañadas por el cántico envolvente que desgrana las palabras y caricias del amor filial que le acompaña.
Los rayos del sol han preparado para ella centenares de mensajes, todos llenos de esperanza. —¡Vuela tan alto como puedas, querida Gaviota!— Exclama el eco proveniente de las montañas escabrosas, ése que se muestra retador, estimulante. Ella entiende las alabanzas y, aunque no se pierde en el elogio, el temor de la caída estrepitosa le hace escolta. Pero no tiene elección, pues el viejo cazador de su pasado acecha.
Su objetivo, superar todas las pruebas para poder emular el vuelo del solemne Buitre Griffon de Rupell. Aquél que finca su meta en tocar el infinito. La Gaviota desciende de sus sueños, para depositar en los picos de sus crías alimento.
Nuevamente emprende el vuelo, expandiendo sus alas cual pinceles que deslizan su pelaje sobre lienzos. Se siente libre, lo sabe porque su álter ego se lo indica. Ella entiende que su statu quo debe ser aprovechado, es el único camino para derrocar al miedo.


©Roberto Soria - Iñaki
Dedicado para mi gran amiga Gaviota Multicolor. Con cariño.