sábado, 23 de febrero de 2019

Deshonra «Segunda parte»



(…) Desde aquel día, en el que mi orgullo y dignidad sufrieron la ignominia, perdí toda cordura. Las pesadillas se adueñaron de mis noches, así como lo hicieron los temores en mis turbulentos días.
Deseaba contarle lo sucedido a mi madre, mas dudaba. Ella, mujer madura y de carácter fuerte, se ocupaba todo el tiempo de mi padre; un hombre enfermo, desgastado por las duras jornadas laborales en el campo. Dos años atrás, una embolia cerebral lo había postrado en una cama, así que; ¿merecía la pena agregar una mortificación más a la pesarosa situación de mi familia?
Con el correr de los días me di cuenta que mi primo me esquivaba. Dejó de visitarnos como antaño: ¿Culpa?, no lo sé; pero era mejor así, porque de tenerlo cerca de mí le habría escupido a la cara, de la misma forma como él lo hizo cuando mancilló mi honra.
Tiempo después, la secuela irreversible me pasó una gran factura; mi lucidez languidecía, condenando mi razón a la vesania. El suicidio se asomaba por mi puerta; sin más preámbulo, acepté su invitación. Una tarde, mi madre había ido a por las compras en el pueblo, así que, decidida, cogí el frasco de la medicación que le suministraban a mi padre… Una treintena de píldoras clamaban por salir del recipiente para recorrer mi esófago; el destino final sería mi estomago. No supe más; cuando desperté me miré en el nosocomio. Mis ojos hurgaban en todas direcciones; quise moverme, mas no pude. Unas ligaduras se encontraban ceñidas a mis cuatro extremidades atándome a la cama…
—¡Auxilio! ¡Ayuda! ¡Sáquenme de aquí! ¡Ayuda! —gritaba con las pocas fuerzas que tenía, sin entender lo que pasaba porque descolocada me sentía.
Un enfermero sanitario se acercó para infiltrarme una sustancia en mi antebrazo izquierdo. Quise preguntarle tantas cosas; no tuve la oportunidad, la medicación hacia su efecto.

Continuará…

Roberto Soria – Iñaki
Imagen pública



jueves, 21 de febrero de 2019

Deshonra



Decidida estaba; la muerte sería el remedio para terminar con las cadenas que laceraban sin piedad mi cuerpo. Hablando con mis recuerdos hice miles de reproches hacia el tiempo, un tiempo lerdo, pero afilado como la cuchilla de la hoz que mi padre utilizaba para segar los verdes campos que bordeaban nuestra casa… Campos malditos, testigos mudos de la deshonra que sufrí cuando cumplí los quince. Maldije los momentos de fatalidad que me asediaron, mancillando sin piedad mis ilusiones.
Mi primo, en aquel entonces, celebraba su cumpleaños número veintiuno. Andaba ebrio, dando tumbos y lanzando pestes en contra de la novia que lo sumergió en el abandono. Su mirada era de fuego; abrasadora, asfixiante, capaz de derretir cualquier bravura. Sentí mucho temor, tanto, que instintivamente me aparté de su camino; demasiado tarde, él, me había visto…
—¡Epa! ¡A dónde vas con tanta prisa? —Espetó iracundo.
—Voy a casa; vengo del colegio. Mis padres esperan mi llegada —respondí entre bisbiseos.
Se acercó hasta mí. Yo, anquilosada, apreté mis libros contra el pecho; acto endeble, pues de un solo manotazo él, mandó hacia el suelo mis escudos de defensa. Me cogió con brusquedad de mis desnudos hombros, atenazándolos sin importar lo frágil de mi complexión delgada. Su aliento me quemaba la respiración, calcinando mis palabras y petrificando con su ardor mis ignorados ruegos. Nada pude hacer para evitar el acto cruel que se gestara en las inmediaciones de la siembra.
Mis gritos fueron acallados con un par de bofetadas que minaron mis sentidos… Me desgarró la ropa; ¡me succionó los pechos! ¡Sus largos dedos exploraban con lascivia mi entrepierna…! Un golpe en el mentón me derrumbó en la hierba; no supe más, la realidad había escapado a mi consciente.
Minutos sempiternos; cuando pude reaccionar, él, se abotonaba la camisa.
—¡Cuidado con decirle esto a alguien! Lo pagarías muy caro; ¡golfa!, ¡zorra! —me dijo amenazante; después, se retiró escupiéndome a la cara.


Continuará…


Roberto Soria – Iñaki
Imagen pública



martes, 19 de febrero de 2019

Delirio



(…)  no sé por qué, pero mi vista se posó en esa silueta femenina;  escuálida, maquillada de temores y patologías producidas por la mente, una mente que acusaba un desgaste excesivo, crónico. Su sonrisa —enigmática— se dibujaba con gran dificultad. Sus facciones camaleónicas me dejaban ver expresiones disímiles entre sí: Vesania y cordura, luz y sombra, odio y amor… No obstante decidí acercarme, al punto tal que, sin querer, me fui impregnando del aroma de sus fragmentados versos.
Debo confesar que la experiencia fue como ese viaje realizado en la montaña rusa que jamás repetiré; sus altibajos conductuales mermaban mi entusiasmo. No obstante, le tomé la mano, jurando que jamás la dejaría en el abandono; sí, me había estigmatizado.
El tiempo hizo su parte, dejando al descubierto un centenar de cicatrices. El destino cómplice pronosticó una jugarreta, azares que minaron ese tul que disfrazaba la verdad que se ocultaba entre los bordes de una herida bien disimulada. Quise curarla, pero cómo hacerlo si el dolor que le aquejaba ya era añejo; se había colado entre sus descalcificados huesos, deshidratando lentamente cada gramo de la médula incipiente.
No desistí, aunque consciente estaba; su abandono llegaría tarde o temprano. Le amaba tanto que llegué a soñar en conquistar en ella un cambio, un cambio no gestado como lo es un embarazo imaginario.
Iluso soy; nada importa, pues el espejismo de su amor y su alocada vanidad me hicieron comprender que la mentira tiene patas cortas. Delirio enajenado, manos temblorosas, y unos brazos extendidos en espera de un abrazo prolongado que disipe la nostalgia de un pasado tormentoso; a cambio de eso, ella tiene preparado un plato: La traición, cocinada a fuego lento, entre brasas concubinas que censuran el resurgimiento de la fe que se quebranta como lo hace el tronco seco de la inopia, anquilosamiento que confunde la necesidad de amar con compañía, sin importar que sean migajas porque al parecer, le importa más alimentar el cuerpo, dejando en cruel ayuno la nutrición del alma.

Roberto Soria – Iñaki
Imagen pública


sábado, 2 de febrero de 2019

Ando y yendo son gerundio



Caminando entre la hierba seca, observando cómo la naturaleza sin palabras dice tantas cosas. Fijando la vista en esos puntos semiocultos que parecen poca cosa, pero que guardan miles de secretos; algunos, inefables. Cerrando los ojos para percibir el viento; una franca invitación para escuchar el trino de las aves y la estridulación de los insectos.
Descubriendo en los arbustos colonias de especímenes luchando por sus vidas, sin importar lo que resulte al deambular entre panales que dan miel, o en las espinas de un rosal ya casi muerto. Nada se detiene, ni siquiera el mismo tiempo.
Andando con el trote que acompaña el golpetear del minutero, yendo hacia el encuentro del ocaso que se abraza al horizonte. Todo eso es alimento no solo para el cuerpo, pues lo que absorbe la mirada es un nutriente para embellecer el alma. Ando escudriñando, para encontrar la calma.


Roberto Soria – Iñaki
Imagen pública

viernes, 25 de enero de 2019

Consciencia precautoria



«Decidme el precio que tengo que pagar para obtener vuestro cariño»; le dijo un cuervo a la gaviota de la cual estaba enamorado.
—Es muy alto, mi querido amigo; mas no es inalcanzable. Se traduce en ocho letras, ocho, como el símbolo del infinito. ¿Podéis imaginar al aire prisionero?, o a los manantiales vomitando magma… La Tierra y la Mar son complemento, así como la Luna con el Sol al despuntar el alba.
—¿A dónde pretendéis llegar con todo eso?¿Por qué me discriminas?; yo tan solo quiero que me ames, y que te quedes conmigo para siempre —suplicaba el Corvus corax.
—Escucha bien, intrépido plumífero: La naturaleza es sabia; aunque los dos somos aves hemos sido creados de forma diferente. No en valor, tampoco en importancia. Cada uno de los seres vivos tiene una encomienda para preservar el equilibrio. Equivocado estáis al decir que te desprecio. Te quiero, viejo amigo; pero no como lo piensas. Tus virtudes naturales no se adaptan a las mías, y nuestros defectos chocan como lo hacen las estrellas al perder su norte; razones más que suficientes para no juntar nuestro deseado vuelo.
—¡Sin preámbulos estériles! ¡Anda, decidme ya cuál es tu precio! —Increpaba el ofendido cuervo.
—LIBERTAD; ese es el precio… Libertad para poder volar cuando me venga en gana, sin tener que preocuparme de cadenas que se ajusten a mis blancas alas. Para poder elegir la compañía que se mimetizará con mis ensueños sin reparar en que la vida es corta, o larga. Libertad para pensar, para sentir, para descubrir que puedo dar lo que la buena voluntad me llena el alma. Para recibir lo que mis actos se merecen…, para equivocarme, para caerme de lo azul del cielo si fuese necesario, y con ello, aprender a remendar mis yerros. Sí, ese es el precio, porque quiero habitar donde mis plumas no se sientan mancilladas; en cualquier lugar, en cualesquiera, pero nunca al interior de una funesta jaula.


Roberto Soria – Iñaki
Imagen pública

jueves, 24 de enero de 2019

Hablando de magia.



En amena charla con uno de mis lectores surgió un cuestionamiento ineludible… «¿Cómo es que tienes esa magia para escribir tus relatos?», me preguntó sin darle largas. Mi respuesta fue inmediata —no sin antes ruborizarme por lo que consideré un elogio— argumentando que mis textos estaban sustentados en historias reales.
—Lo único que hago para lograr el efecto es diseñar la indumentaria y montar los escenarios; todo a través de mis análogas palabras —le dije sin misterio.
Mi mente atesora tantas vivencias, propias y ajenas, desmenuzadas cada una de ellas porque para mí, sin excepción alguna, son aleccionadoras. Todo en esta vida tiene color y forma, incluso lo intangible; el secreto está en la imaginación.
Como escritor busco transmitir lo que mi ojos —cual cámara fotográfica— captan en esa dimensión que me conduce inconscientemente hacia el detalle. Eso sí; siempre con respeto y honestidad porque los lectores lo merecen.
Hablar de vida y muerte es un proceso natural, así que: ¿Por qué no conjugarlo tal cual? Crudo, protagónico, estremecedor; porque así se manifiesta…, por absurdo que parezca.


Reciban mi cariño.
Roberto Soria – Iñaki


Halcón herido



Surca el cielo, con las alas extendidas cual cuchillas, desgarrando la pureza que produce el viento. Su agudeza visual es contrastante con la poca razón almacenada en su memoria, de apenas unos cuantos megabytes descontinuados.
Hambriento busca mitigar el apetito con las presas a su alcance; indefensas, otras, distraídas, incluso algunas malheridas. El halcón no entiende sobre compasión, y no porque sea malo, sino porque fue creado para subsistir a costa de lo que sea.
Pareciera ser contradictorio pero tiene sentimientos, tan es así, que sus avivados y pequeños ojos buscan sin cesar a quien será su futura compañera; él no sabe distinguir: Blanca, negra; águila o paloma mensajera. Qué más da, a todas las mira por igual, lo dice su aleteo sustentado por el filo de sus garras.
Por fin la encuentra; hembra de plumaje blanco y fino. La observa, descubre su fragilidad; un hilo muy delgado le sostiene la cordura. El desorientado halcón sacude la cabeza; se acerca a ella, le hace mimos, y la besa. Ella cede; cómo no hacerlo si el equivalente a un oasis en medio del desierto está frente a sus negros ojos. El halcón se muestra satisfecho; decretan un amor perpetuo, sustentado en la locura de una amarga soledad que les jugó una broma.
Él se enfoca en construir un nido para ella; no sabe cómo hacerlo. Sin razonamiento alguno da comienzo a los cimientos; al final, espinos y hojarasca servirán como aposento.
Ella llega hasta su nueva casa; ilusionada, no obstante las heridas que le impiden extender sus blancas alas. El halcón la mira complacido: «¡Serás por siempre quien caliente para mí este nido!», le dice entusiasmado. Ella esboza una sonrisa, aceptando que la cruda realidad no tiene prisa.
El tiempo pasa; los espinos que han servido como lecho ya no cumplen el propósito con el que fueron creados… Ella sabe que el amor que había jurado se ha extinguido; sus alas han sanado, es momento de volar hacia otros lares. ¡Pero el halcón no lo comprende! ¡Le reprocha! ¡Y entre picotazos con olor a muerte pide resarcir el daño…! Pero ninguno de los dos está dispuesto a conceder un palmo en el terreno con hedor a hiel, aquel que en el ayer les ofreció la miel sin garantía, sin reparar en las piruetas que acostumbra dar el calendario de la vida. Al final de la batalla nadie gana; ambos pierden.


Imagen pública