jueves, 15 de junio de 2017

Ella baila sola






Lánguidamente se desplaza entre las sombras, arrebujada por una toga de desvelos, ella, tan pequeña como la luciérnaga, pero llamativa por la luz de sus consuelos no me mira, porque su mente no distingue las quimeras.
Me tiro en esa acera, un love seat sin duda imaginario. Grito fuerte, en deseo de que ella escuche los vocablos que provienen de mi boca. Palabras desordenadas, párrafos repetitivos, tanto como las gotas de la lluvia que se presenta sin invitación en esa espera.
La contemplo, sí, a esa, la mujer que me confunde con sus letras, mientras ella se desnuda ante mis ojos, en plena calle, ante la mirada temblorosa de las farolas que con gran dificultad intentan disipar las lobregueces, porque la luz que se desprende de sus velas no es intensa.
Dos centenares de noches, tal vez un poco más, es el tiempo que yo llevo presentándome puntual a nuestra cita, para escribir en los folios de mi mente su sonrisa, con esa pluma que de mi corazón…, extrae cada gota de su roja tinta.
Pero su sonrisa no llega, se distrae, vislumbrando esa felicidad reputada como efímera, en donde yo juego un papel nada importante, consciente de que soy espectador, quizá, el más interesante.
La lluvia arrecia, pero yo sigo sentado, con mis ropas empapadas por la incapacidad de no saber controlar el torrencial que se avecina. Ella levanta la cara, para mirar las manecillas del reloj que pende de los muros invisibles, para comprobar que el tiempo se detiene, al menos en su mente.
Comienza el baile, esa danza que realiza sin inhibiciones porque se sabe sola, sin ojos que censuren la ruptura del compás ante sus yerros, sin la presencia de labios que repriman los movimientos excitantes de su cuerpo, contoneos desbordantes, sí, con el afán de sacudirse lo que no quiere adoptar porque proviene de sus propios miedos.
Ella baila sola, porque el danzarín que no equivocará los pasos se retrasa, ese, el que ella espera la conduzca hacia la gloria mientras yo… me sigo presentando en el estrado.
Termina su ritual, se viste, sin importarle lo mojado de sus ropas, y se marcha silenciosa —¡Espera, aquí estoy!—, un baladro de amor imperceptible para ella, no así para mis labios.
Parado en el medio de la nada miro desaparecer su silueta. Mis ojos buscan el reloj inexistente, sus manecillas otra vez se mueven, la luz de las farolas titila intensamente, y la lluvia que se proyecta contra el suelo me despide especulando…, quizá mañana.


Roberto Soria - Iñaki