jueves, 29 de junio de 2017

Ultraje


Entró lánguidamente, en esa habitación atiborrada por los grillos, cuyos parapetos estaban tapizados con emplastes del olvido. Las telarañas envolvían cual capullo a la bombilla que pendía del techo, opacando la viveza en los destellos de la luz que de por sí…, se había extinguido.
Había un camastro, deteriorado por el moho, producto de las lágrimas y el desamor de muchos otros que en su cruda realidad…, se habían establecido en el colchón como su nido. Hombres y mujeres condenados sin razón al cruel desprecio, marcados en gran parte de su cuerpo por las llagas de la negligencia médica, indolencia por muchos practicada sin importarles el juramento Hipocrático que los vistió de blanco, como a los mismos ángeles en el estrado del Olimpo.
—¡Mujer…, siéntate que voy a desatarte!—. Pero ella no lo escucha, porque su mente se encuentra encadenada a las pastillas, esas píldoras suministradas en contra de su voluntad con el pretexto de cuidar su integridad adormecida.
El enfermero que la custodia desliza sus inicuas manos sobre la tela que cubre las partes más sensibles de su cuerpo. Su lascivia le rasga la pequeña bata en derredor de los pezones.
Ella se sienta, dejando al descubierto sus desnudas piernas mientras el responsable de cuidar de su salud le besa el cuello. La recuesta en el camastro, para invadir su intimidad sin el permiso del pudor que la mantiene viva. «¡Maldito!». Pareciera pronunciar el chirrido de la cama. No hay testigos, si acaso aquel cerrojo de la puerta que atisba en la hendidura de la llave la vergüenza de aquel acto criminal, digno de olvido.