domingo, 25 de junio de 2017

Bodas de oro


La beso, como si en ese beso le fuera la vida, intentado robar y transmitir simultáneamente ese hálito que sin palabras, citaba la poesía. Le acomodó su cabello, introduciendo sus dedos desde la base y hasta la punta extrema para después… besarla de nuevo. «¿Recuerdas cuando nos conocimos aquella tarde de domingo en primavera?», —le peguntó al tiempo que sus manos le prodigaban a la muer tan amada carretadas de caricias, «y aquí sigues, junto a mí, ofreciéndome la pasión perturbadora como lo hiciste ayer, y como lo has hecho desde hace 18,500 días».
El enamorado se puso de rodillas, ostentando jubiloso entre sus manos una argolla. Suplicante, con lágrimas en los ojos formuló la tan ansiada pregunta contenida en su garganta, esa propuesta que naciera hace poco más de 50 años y que hoy…, la pronunciaba para refrendar el amor que le tenía. —¿Te casarías otra vez conmigo? Te lo pido convencido de que como tú, no encontraré mujer alguna, porque el amor que concebimos sigue vivo, porque te sigo necesitando, porque sigues firme dentro de mi corazón como lo hace la raíz del árbol de los olivos, porque mi piel aunque marchita sigue estando sedienta de la tuya.
El hombre guardó silencio en espera de la respuesta que aliviara su quebranto; con gran dificultad se levantó, y con gran ternura, a su noble compañera…, le acariciaba las manos —Hemos vivido momentos complicados, pero jamás nos hemos separado, hemos experimentado pasajes extraordinarios y con placer, los hemos disfrutado. Es por eso que te ruego…, cásate otra vez conmigo.
Su concentración en el ritual fue interrumpida, un hombre joven entraba al aposento para decir…, —papá, los servicios funerarios han llegado.