miércoles, 21 de junio de 2017

Sueños hechos realidad





La conoció en un sueño, uno de esos sueños de los que no se quiere despertar, un sueño repetitivo en donde las olas del mar se levantan majestuosas… —¿Qué pasa, hombre?—. Le preguntó preocupado el mejor de sus amigos —Nada, Jonás, que la he vuelto a soñar —estáis obsesionado, José Manuel, habéis cogido el mal del marinero.
José Manuel le había contado de sus sueños a su amigo. Se trataba de una Sirena, una de esas deidades existentes aparentemente sólo en la mitología…
—Es mejor que os apuréis, Chema, o llegaremos tarde para la pesca, son casi las 4 de la mañana —le advirtió Jonás mientras terminaba de vestirse.
La pequeña embarcación ya estaba lista, era la hora de realizar la faena. José Manuel y Jonás formaban parte del grupo de pescadores que moraban en esa pequeña demarcación. Chema, —como Jonás lo llamaba—, había quedado en la orfandad desde muy pequeño. A su padre se lo había tragado el mar en una de las jornadas y su madre, víctima de la depresión se había dejado morir.
—¡Jolines!, el mar está muy picado, José Manuel, además, es tarde y se avecina una tormenta—. Le dijo Jonás con algo de dificultad ya que viento era fuerte y las olas se levantaban por encima de los 4 metros provocando gran estruendo.
—¡Jonás, Jonás!; ¡¿escuchasteis?!..., ¡es ella!
—¡¿Qué, de qué coño estáis hablando!?
—¡Escuchadle, me está llamando, debemos navegar mar adentro!
—¡¿Habéis perdido el juicio?!...¡moriríamos!
—¡Debemos ayudarla, está sufriendo, si no queréis apoyarme comprenderé!
Jonás no dijo más. Se internaron entre las embravecidas olas remando con gran esfuerzo —¡Aquí, es aquí, Jonás!—. Gritó José Manuel, y sin decir más se zambulló en el agua.
Minutos de eternidad, así le parecieron a Jonás esos instantes. La tormenta se había desatado… —¡Chema, Chema!—. Gritaba desesperado Jonás, quien estaba a punto de saltar de la pequeña embarcación en su intento por rescatar a José Manuel, pero no fue necesario, José Manuel se montaba ya en la barca con algo de dificultad.
Llevaba consigo un cuerpo, Jonás no podía distinguir porque el torrencial se lo impedía… —¡Rema, vamos, rema!— Gritaba José Manuel.
Cuando llegaron a la orilla José Manuel tomó aquel cuerpo entre sus brazos alistándose para desembarcar, Jonás los miraba con asombro —Es ella, Jonás, la mujer de mis sueños, la que debía liberar, la que debo proteger… Jonás estaba boquiabierto hasta que finalmente pudo pronunciar; —disculpadme, Chema, por favor —¿de qué estáis hablando?, mi gran amigo Jonás —por ser incapaz de ver, lo que tú podéis mirar.

Roberto Soria – Iñaki.

martes, 20 de junio de 2017

El joven de la chaqueta negra


Caminaba 200 metros, ida y vuelta, un poco más de lo acostumbrado. Cobijado por las sombras, el regalo perfecto que le dejaba cada noche. Se sentó sobre la acera e introdujo su mano izquierda en su chaqueta de cuero; negra, resistente como el mismo acero.
Extrajo un lienzo de papel arroz y un envoltorio pequeño que contenía marihuana. Con gran habilidad forjó el pitillo mientras sus ojos observaban en todas direcciones, no por clandestinidad, sino para atisbar la cercanía de su víctima…, pero nada.
Mientras su mano derecha conducía el cigarrillo hacia su boca, su mano siniestra tallaba la cerilla sobre la suela de una de sus botas. Fumó, aspirando el humo una, otra y otra vez hasta que se lo terminó. —Son las 2 de la mañana, de seguro ya no tarda. Según lo que me dijeron debe venir bien forrado de billetes, le voy a clavar el fierro, después le quito el portafolio y, ¡a gozar!— se dijo a sí mismo mientras recorría la zona.
Sus manos temblaban, sabía que necesitaba de algo más fuerte. En el interior de su chaqueta se encontraba el subterfugio perfecto para aminorar su nerviosismo extremo.
Una pequeña bolsa de plástico que se deslizó entre sus dedos, al abrirla le introdujo un popotillo. Aspiró profundo, hasta lograr que el polvo entrara por su fosa nasal, después se relamió los dedos.
3 de la mañana, el esperado no llega, decide regresar al punto de partida, en ese callejón que le sirve como madriguera, pero antes de llegar a la esquina se detiene, algo atípico lo espera. «¡Joder, lo que me faltaba!». Era un auto de la policía, también había una ambulancia.
—¡Hijo, mi hijo!— gritaba una mujer, desesperada por la tragedia ocurrida a ese joven que yacía en el suelo.
—Disculpen, pero necesito hacerles unas preguntas —pronunció en voz alta un oficial de policía. El hombre que acompañaba a la mujer se acercó secándose los ojos —Oficial, él es... es decir, él era mi hijo...

Después de formular las preguntas el oficial se dirigió hasta la patrulla para emitir su reporte por la radio… —Afirmativo pareja, afirmativo; masculino, 17 años de edad, dos perforaciones en el cráneo por arma de fuego, portaba una chaqueta negra, de cuero…

Roberto Soria - Iñaki

lunes, 19 de junio de 2017

En las garras de Morfeo



—Mujer, ¿por qué deslizas una lágrima en tu almohada? —Es porque me siento incomprendida—. Le respondió la mujer al gran Morfeo.
La mujer había sufrido, era evidente. Realizar una lista de sus males sería el equivalente a un gran compendio. Siguió soñando, remendando lo raído de sus penas, abriendo sus valijas viejas, algo muy difícil para ella debido a las dolencias en sus manos por el reumatismo tan perverso que llegó para quedarse, aún ella sin quererlo.
La mujer hizo una pausa en su faena, en medio de su alucinación llegaron los recuerdos. Uno a uno hicieron su aparición los protervos… —¡Les di toda mi confianza, abrí las puertas de mi casa para ellos y a cambio del favor qué es lo que hicieron!, un estoque me clavaron por la espalda—. Lamentaba arrepentida al evocar tales sucesos.
—Pero… ¿Qué estás haciendo?—. La cuestionó Morfeo —Me deshago de este orbe putrefacto y deshonesto —pero, ¡es tu mundo! Además, ¡tú no puedes hacer eso! —¿Por qué no? —¡Porque yo soy el dueño de tus sueños!—. Le dijo al tiempo que le sujetaba de las manos.
—¡Basta ya!—. Decretó la mujer con voz segura, y en un solo movimiento de las garras del captor logro zafarse. —¡Detente, estás arruinando nuestros sueños! —no digas eso, Morfeo, que nos son nuestros, son los tuyos. He vivido prisionera en tus deseos, cual misógino me encadenaste a tu barbarie; pero ya no tengo miedo, ¡Mira lo que hago con tu mundo, con tus puñeteros sueños!
Al ver que la mujer lo retaba destruyendo todo lo que él había edificado, colérico estalló en su contra —¡Ja-ja-ja! ¿Y qué harás, mujer?..., ¡sin mí no vales nada! —equivocado estás, Morfeo, y lo vas a comprobar porque sin ti, voy a construir mis propios sueños.


Roberto Soria - Iñaki

El alma y el mar



Caminaban sobre lo suave de la arena bajo los rayos del sol, y escuchaban el sonido de las olas que rompían en el acantilado. La inmensidad del mar escapaba ante sus ojos perdiéndose en el horizonte… —Papá, —se dispuso a preguntar el pequeñín quien caminaba con su padre tomados de la mano —¿existe algo más grande que el mar?
El padre se detuvo, hilvanó sus respuestas en la mente intentando procesar lo que diría para que el pequeño entendiera sus palabras, sabedor de que su hijo no se conformaba con hacer tan sólo una pregunta. —Sí, hijo, existe algo mucho más grande que el mar; es el alma.
El niño se sentó hundiendo sus pequeñas manos en la arena, cabizbajo, pensativo mientras su padre lo observaba. Instantes breves hasta que levantó la cara… —Pero, el alma no se puede ver como lo hacemos con el mar, ¿por qué dices que es más grande? —Ven…
El padre lo condujo hasta lo alto de una roca. —¿Piensas que el mar es enorme? —Le preguntó a su vástago —sí, tanto que no alcanzo a mirar en dónde se termina —pues bien, las almas son aún ¡más grandes! Escucha: Mira la arena y esas rocas en donde se rompen las olas. Son un límite, una especie de contenedores para evitar que el agua se desborde —¿cómo si estuviera prisionera? —Indagó el pequeño —Sí. El alma no tiene límites, ni fronteras, y es tan grande que no distingues en donde comienza ni en donde se termina. Es libre, no así el mar —entonces, papá; ¿las almas son algo así como el cielo? —preguntó con gran curiosidad el niño. —Algo así —le respondió el papá.
—Hijo, el agua puedes tocarla aunque se escape entre tus dedos, pero el alma y el cielo..., no.
—¡Quiero tener el alma muy grande! ¿Puedo, puedo tenerla, papa? ¡Anda, di que sí puedo! —suplicó el menor mientras brincaba descalzo sobre la arena.

El padre se puso de rodillas para estar a la altura de su hijo y esbozando una sonrisa le respondió con gran seguridad…  —Claro que puedes, hijo, pero para tenerla, deberás como persona ser magnánimo.


sábado, 17 de junio de 2017

Me sacudiré mis miedos




Hoy me pienso sacudir el miedo, como lo hago con el polvo en mis ventanas. Titilaré como la flama de la vela que me alumbra, y meceré mis desvelos en la cama.
Me pararé frente al espejo, y admiraré los reflejos que de su cuerpo plano emanan. No sólo eso, acariciaré sus rasgos y los miraré a los ojos para decirles que por fin acepto el reto, el de conciliar mi mente con el alma.
Sí, hoy me pienso sacudir el miedo, sin importarme las cosas que vendrán mañana, porque el mañana es un futuro inexistente, que me presenta un panorama basado en la añagaza.
Mi statu quo lo demanda, al darme cuenta que la libertad es mansa, que no hay cadenas que aprisionen mi garganta, y que el Cenzontle entre la aves se distingue porque al amor…, le canta.
Hoy me pienso sacudir el miedo, para vestirme con el traje de la gloria, mi propia gloria, producto del tesoro que custodia mi memoria, cuyos recuerdos danzarán en el templete, hasta que llegue la invitada principal…, la muerte.
Decidido está, y si la sonrisa de mis labios no aflorara, recurriré al pincel que la simule, con acuarelas que dibujen el maná sin limitantes, para disfrutar el dulce néctar que por mucho…, me robaron mis amantes.
Y de avatares nada, porque la voluntad y la confianza que me asisten no desmayan. Así es que… ¡Miedo, prepárate! Porque no pienso perder esta batalla.

jueves, 15 de junio de 2017

Ella baila sola






Lánguidamente se desplaza entre las sombras, arrebujada por una toga de desvelos, ella, tan pequeña como la luciérnaga, pero llamativa por la luz de sus consuelos no me mira, porque su mente no distingue las quimeras.
Me tiro en esa acera, un love seat sin duda imaginario. Grito fuerte, en deseo de que ella escuche los vocablos que provienen de mi boca. Palabras desordenadas, párrafos repetitivos, tanto como las gotas de la lluvia que se presenta sin invitación en esa espera.
La contemplo, sí, a esa, la mujer que me confunde con sus letras, mientras ella se desnuda ante mis ojos, en plena calle, ante la mirada temblorosa de las farolas que con gran dificultad intentan disipar las lobregueces, porque la luz que se desprende de sus velas no es intensa.
Dos centenares de noches, tal vez un poco más, es el tiempo que yo llevo presentándome puntual a nuestra cita, para escribir en los folios de mi mente su sonrisa, con esa pluma que de mi corazón…, extrae cada gota de su roja tinta.
Pero su sonrisa no llega, se distrae, vislumbrando esa felicidad reputada como efímera, en donde yo juego un papel nada importante, consciente de que soy espectador, quizá, el más interesante.
La lluvia arrecia, pero yo sigo sentado, con mis ropas empapadas por la incapacidad de no saber controlar el torrencial que se avecina. Ella levanta la cara, para mirar las manecillas del reloj que pende de los muros invisibles, para comprobar que el tiempo se detiene, al menos en su mente.
Comienza el baile, esa danza que realiza sin inhibiciones porque se sabe sola, sin ojos que censuren la ruptura del compás ante sus yerros, sin la presencia de labios que repriman los movimientos excitantes de su cuerpo, contoneos desbordantes, sí, con el afán de sacudirse lo que no quiere adoptar porque proviene de sus propios miedos.
Ella baila sola, porque el danzarín que no equivocará los pasos se retrasa, ese, el que ella espera la conduzca hacia la gloria mientras yo… me sigo presentando en el estrado.
Termina su ritual, se viste, sin importarle lo mojado de sus ropas, y se marcha silenciosa —¡Espera, aquí estoy!—, un baladro de amor imperceptible para ella, no así para mis labios.
Parado en el medio de la nada miro desaparecer su silueta. Mis ojos buscan el reloj inexistente, sus manecillas otra vez se mueven, la luz de las farolas titila intensamente, y la lluvia que se proyecta contra el suelo me despide especulando…, quizá mañana.


Roberto Soria - Iñaki

miércoles, 14 de junio de 2017

Con el paso de los años



—¿Ya viste?, esos pobres ancianos, aquellos que conociste hace más de 30 años—. Digo para mis adentros mientras mis ojos contemplan las siluetas de dos viejos conocidos que rayan en los 90…, sí, casi 90 años, ¿y yo?, quejándome de los que tengo.
            Me miran y se me acercan, son menos de 20 metros los que deben caminar para llegar hasta mí, es la anchura que tiene nuestra calle… —¡Señora, señor, es un placer saludarlos!—. Les digo mientras mis manos estrechan las de la vieja pareja. Es entonces que la percibo, sí, la falta de fortaleza.
            Ojos hundidos, piel reseca, ¡escaso cabello, dentadura no completa!..., y sus pasos, tan cansinos… —¿Cuántos años sin vernos?—, me pregunta la señora mientras el señor, su esposo, levanta con gran esfuerzo su testa —pero, pasa, ¡hablemos de los buenos tiempos!—. Su voz es tan quebradiza que apenas puedo entenderla.
            Caminan delante de mí, apoyados por sus bordones mientras mis pasos se frenan al ritmo de sus talones. Me acomodo en la butaca de la estancia, el aroma en el ambiente huele a viejo. El polvo sobre los muebles se mide sin ningún problema.
En uno de los rincones se aprecia un tanque de oxigeno, junto a él, una silla de ruedas… Mi vista no se detiene; cuadros, figurillas de porcelana, trastos sucios, y en una de las esquinas, también una telaraña —Es hora de tu medicina—. Se acomide la señora mientras el marido se encamina al baño.
Me ignoran, sin intención por supuesto; 5 minutos, quizá 6, en realidad no lo sé, pero más o menos es el tiempo que le toma a la señora disponer de los medicamentos…, se gira despacio —Ouch, ¡otra vez estas rodillas!—. Sus manos tiemblan, sí, el Parkinson es su invitado.

Al mirar que su marido no regresa ella se encamina al baño. La puerta no está cerrada —¡Viejo, otra vez te has hecho fuera!, anda ven, debemos cambiarte la ropa—. Pasan delante de mí, por fin me miran, y tomados de la mano me preguntan… —Disculpe, ¿en qué podemos servirle, estaba nuestra puerta abierta?

martes, 13 de junio de 2017

Zeep, el mensajero

Zeep, el mensajero




Zeep, el mensajero. 

Copyright © 2017 by Roberto Soria – Iñaki 
ISBN: 9781521326954 

Una obra de ciencia ficción que te presenta pasajes históricos sustentados, los cuales…te harán pensar.

Puedes adquirirlo en Amazon.es Disponible en versión digital e-book, y en papel, tapa blanda. 

No tengo duda de que pasarás momentos maravillosos en compañía de este singular personaje, el cual, te robará el corazón. 

Para ustedes, mis queridos lectores, dejo un fragmento de mi libro. Muchas gracias por leerme. 

Abordamos el avión que nos conduciría de regreso a casa, el viaje sería luengo, así es que me coloqué los auriculares para escuchar algo de música clásica mientras mis padres comentaban sobre el viaje.
Sobrevolábamos los andes, un espectáculo sin duda indescriptible en donde la naturaleza nos brindaba paisajes únicos en su especie.
La blanca nieve envolvía la zona haciéndola parecer el paraíso mismo. Mis padres voltearon a verme señalando con el dedo índice lo que estaba ante sus ojos, levanté mi pulgar en señal de aprobación y sonreímos.
Nuestro contacto visual fue interrumpido por la azafata quien con toda cortesía nos invitó algo de beber. No tuve tiempo de ordenar, un fuerte impacto seguido de llamas en uno de los costados del avión me perturbó.
Gritos, pánico y plegarias entorpecían cualquier acto de razonamiento. Yo miraba en todas direcciones tratando de entender lo que sucedía. El sobre cargo gritaba que guardáramos calma —¡Abrochen sus cinturones y coloquen su cabeza entre las piernas!—. Ordenó con voz que denotaba pánico.
Mientras nos desplomábamos alcancé a ver el objeto que nos había golpeado; era oval, tapizado de luces brillantes como las de los reflectores que iluminan un estadio de fútbol. Giraba en sentido opuesto a las manecillas del reloj.
Mi mente revolucionó, por un instante pensé que se trataba de un acto terrorista, pero de inmediato descarté esa posibilidad.
Todo sucedió muy rápido, los pasajeros miraban sorprendidos a través de las ventanillas…, —¡es un ovni, son extraterrestres!—, exclamaban angustiados preguntándose entre sí tantas cosas. En efecto, se trataba de un avistamiento.
Busqué con la mirada a mis padres, el contacto visual fue acompañado de un “te amo” en coro de su parte, según lo pude leer en el movimiento de sus labios.
No supe si escucharon mi contestación ya que el ruido emitido por el aeroplano en pleno pique y los gritos incesantes de la gente lo impedía.

El avión caía mientras yo cerraba mis ojos en espera de un milagro. Es lo último que recuerdo…

lunes, 12 de junio de 2017

Entre libros




Deja que mis sueños se abracen a tu almohada
Que lo tibio del suspiro susurre en tu memoria
Que la punta de mis dedos, te lleven a la gloria

Anda, ven, que la distancia sólo es un pretexto
Deja que mis manos se afiancen a tu cuerpo
Para mirar como florece nuestro huerto

No quiero descansar, no es el momento
Prefiero disfrutar de tu inocencia
Y acariciar las letras de tu amor, y tu paciencia

Escribiré en la página 14
Del libro que contiene nuestros versos
Que te quiero con el alma, con los huesos

Y si tengo que gritar que vivo preso
De tus ojos, tus caricias y tus besos
He de hacerlo hasta sangrar, te lo confieso

Por eso escribo
Para plasmar la huella del afecto
Y no quedarme con la ganas de decir...
Que no estoy muerto

Roberto Soria - Iñaki

Aquí te espero




Sí, te echo mucho de menos
Pero conservo tu promesa de quedarte
Y en mi alma que te sirve como casa
Sigo a la espera de mirarte enamorada

No lo sabes, pero hablo con la luna
Y le pido que en la noche más oscura
Te ilumine con amor...
Y con ternura.

Sé de tu cariño, del cual no tengo duda
También conozco tus temores
Y de esos sinsabores que provocan tus dolores
Pero soy paciente, porque tengo el corazón ardiente.

Aquí te espero, con mis horas de pasión
También con mis desvelos
Porque sé que que llegarás
Como lo hacen por las noches, los luceros.



La dama de rojo





Se le mira resignada; ella, conocida entre los chicos del barrio como “la dama de rojo”. Los tacones de sus zapatillas estaban impresos en las aceras de esas calles que tantas veces le habían visto caminar, desde las 19:00 horas y, hasta las 07:00 de la mañana siguiente.
A los hombres jóvenes no les interesa cruzar palabra con esa mujer, quizá porque sus impulsos están frescos y los de ella… huelen a tiempo, cuya fragancia es pasada de moda como lo es un pantalón español con pliegues en el frente, de esos usados en los años ’50 «Ahora mi contoneo no obedece a lo sensual del movimiento intencional del galanteo, sino a la dolencia de mis pies por el trajín de recorrer como mínimo 100 veces esta calle.» Pensó al tiempo que recargaba su cansada espalda en uno de los muros del viejo edificio que servía como hotel, en donde la comercialización de agasajos y algo más... era una constante.
Miró hacia ambos lados de la calle, hacía frió. Pocos transeúntes para ser fin de semana. Fijó su vista en su escote, la firmeza de sus pechos se había convertido en un fatuo recuerdo. Extrajo de su bolso un cigarrillo mentolado para llevarlo a sus labios con su diestra temblorosa —¿Me permites?—. Era una voz masculina, conocida para ella.
No giró la cabeza para mirar a su interlocutor, cerró los ojos y aspiro profundamente la loción de quien sostenía extendido su brazo con un encendedor en la mano…, —¿te sientes bien, María? —María; hace tiempo que nadie me llamaba por mi nombre. Pensé que te habías olvidado de mí —te dije que eso no sucedería, pero… ¿encenderás tu pitillo?—. La mujer reacomodó el emboquillado entre sus labios al tiempo que el hombre le acercaba el fuego de su chisquero.
Después de aspirar una enorme bocanada de humo se giró para encontrase con los ojos de ese viejo conocido —Julián, mi querido Julián, esas canas en las sienes te hacen lucir más atractivo —y tú, María, te mantienes tan hermosa como siempre —sigues siendo muy galante, mi querido Julián.
Se fundieron en un abrazo…, él la sujetó del brazo para guiarla hacia un automóvil que se encontraba aparcado una docena de metros más adelante: —¿Me permites invitarte un café? —Dijo Julián mientras María lo miraba embelesada — ¿o prefieres una copa en el lugar acostumbrado?
María optó por la copa. Y ahí se encontraban nuevamente, frente a la mesa del viejo bar que fuera testigo de arrumacos entre ellos hace apenas unos cuantos años —Te sigo amando—. Dijo María para después sorber un trago derecho de la copa de coñac que habían ordenado —lo sé, es por eso que he venido a visitarte —¿sólo a eso has venido?—. Inquirió María mientras levantaba los hombros en un intento por acomodar sus pechos —Me conoces bien, María, en realidad he venido a despedirme. Fuiste el amor de mi vida—. Dijo Julián mientras su mano extraía un pañuelo del bolsillo de su chaqueta.
María bebió el resto de su copa de un solo trago, sin percatarse de que el rojo intenso de su labial se había corrido —Por fin… ¿te casarás? —Sí, mi destino me reclama —¿La amas?—. Preguntó María al tiempo que el pañuelo de Julián enjugaba las lágrimas de ella… —¡No!, no digas nada, prefiero imaginar que sólo a mí me amas. Sé que fallé, y no obstante mi perfidia ya lo ves, me perdonaste. Muchas gracias por venir, ahora ya puedes irte. Cuando quieras regresar ya conoces el camino —¿Puedo besarte las manos?—. Pronunció Julián en un tono suplicante —Julián, mi querido Julián, siempre tan caballeroso.
Se despidieron, María había decidido permanecer sentada en la butaca «Me quedaré unos minutos si no te importa, quiero estar sola.» Le había dicho a Julián mientras ordenaba otra copa de coñac. Lo miró partir hasta perderse entre la lobreguez de aquella calle que por tanto tiempo... los dos juntos caminaron.




A tanto olvido





No, no utilices las palabras; esas…
que asesinan mis oídos,
desesperados por el frío de tu ausencia
y que mantiene por completo huraños, mis sentidos.


No, tampoco te refugies en mensajes
esos textos que acostumbras por las noches
para disfrazar el olvido de promesas incumplidas,
muchas veces por tu mano… enterradas vivas.


Tengo madurez para aceptar el vencimiento,
¡y no pretendo compasión, debo advertirte!
mucho menos si se trata de la tuya,
porque no quiero compararla con tus besos


¡Sí!, con esos tus labios traviesos
que también me dedicaron versos,
¡que me hicieron concebir que el alma mía!
no era mía… sino tuya.


Las mentiras, no las uses,
que no combinan con el brillo de tus ojos;
si lo haces, yo lo sé, se empañarían,
distorsionando los reflejos del amor que me tenías


Ahora… puedes irte, te deseo felicidad
sí, por el resto de tus días,
si llegaras a mirarte ante el espejo en soledad, no digas nada
que el reflejo te dirá… que me querías.


Roberto Soria - Iñaki














Haz microrrelatos

Los microrrelatos son un reto...
“Entre sueños pintorescos descubrí tus labios, prometiendo convertirse en realidad para mis besos Roberto Soria - Iñaki”
TWITTER.COM

Ver, oír y callar


Papá, ¿qué es mejor, mentir, o decir la verdad? —Preguntó el pequeño de seis años a su padre…, —¡decir la verdad, hijo, por supuesto que la verdad!—. Respondió aquel hombre muy seguro de sí mismo —Entonces, no comprendo, papá —abundó el infante —¿Qué es lo que no entiendes, Juanito?
El pequeño se acomodó junto a su padre en ese viejo sofá donde solían mirar televisión.
—Porque ayer en el salón de clases una de mis compañeras se enfadó con Gonzalo, mi mejor amigo —dijo con cierta tristeza el menor. El papá apagó el televisor para poner atención —Cuéntame, ¿qué fue lo que sucedió, hijo?—. Conminó el papá. —Ayer, a la hora del descanso, Mariana se acercó a Gonzalo para preguntarle si la consideraba bonita, y mi amigo le respondió que no. Ella estuvo a punto de pegarle una bofetada, pero una de las maestras intervino.
El papá lo miraba sorprendido mientras ordenaba sus ideas para saber que transmitirle a su hijo.
—Escucha, Juanito, hablar con la verdad siempre será lo correcto, pero a veces es mejor guardar silencio cuando no estamos seguros del alcance que tendrán nuestras palabras. Existen quienes sólo pretenden escuchar lo que desean, no así lo que deben escuchar —Pero, es que mi amigo le ha dicho la verdad—. Argumentó Juanito.
El padre lo miró conmovido… —Todos los seres humanos somos distintos entre sí, la belleza es relativa, sobre todo la externa. Cada persona posee virtudes sin importar el color de su piel ni su condición social, tampoco su género. Lamentablemente no somos perfectos y decimos o hacemos cosas sin pensar—. Concluyó el papá.
—Entonces, ¿es mejor mentir?—. Juanito le volvió a preguntar —No, definitivamente no—, le respondió su papá —pero a veces para no generar conflicto lo mejor es ver, oír y callar.


Pesadilla

Si por una pesadilla decides dejar de soñar, entonces esas noches de alegría que tuviste se habrán perdido en la verdadera oscuridad.

Roberto Soria - Iñaki


El hombre





—¿Quién eres, en dónde estoy?—, preguntó aquel Hombre que se encontraba desnudo. Su interlocutor estaba parado frente a él. Tan sólo lo miraba, con esos ojos que denotaban autoridad —¡Te exijo que respondas mis preguntas!—. Ordenó de nuevo el Hombre —No querrás saber, además… dudo mucho que lo entiendas —¡¿Pero, quién te piensas que eres, acaso no sabes de mí?! Podría hacerte azotar con tan sólo chasquear la punta de mis dedos —Adelante, hazlo—. Pronunció el interlocutor con absoluta serenidad y confianza.
Aquel, cuyo rostro no se distinguía, agitó su diestra por encima de la bruma espesa que cubría los pies de ambos; el Hombre miró a través del espacio que se abría frente a él y, ante su sorpresa, logró identificar a la distancia su cuerpo yaciendo sobre lo fino del parquet de una estancia muy lujosa…
—¿!Qué significa esto?!—. El Hombre preguntó mientras con ambas manos se tiraba de los cabellos —¿Es una broma, ¿verdad?, ¡No, ya sé, es un sueño, sí eso debe ser!…, —no lo es, se trata de tu realidad —¡pero, si yo soy poderoso, infalible! —ya no, de hecho nunca lo fuiste. El poder de mancillar, de destruir, incluso el de destacar, todo te fue conferido, prueba para poder refrendar la nobleza que te fue otorgada desde el día en que tú naciste —entonces… ¿estoy muerto? —Sí —pero, ¡¿por qué?! —porque no entendiste la razón para la que fuiste creado. Abusaste de tus dones, trataste a tus semejantes como si fueran esclavos, todos al servicio de tu egolatría —entonces..., ¿esto es el cielo?, ¡¿acaso eres Dios?! —No, tan sólo soy el cancerbero que te conducirá hasta las puertas del infierno que tú mismo edificaste.



sábado, 3 de junio de 2017

Ecos del dolor














Cuando las palabras pierden el sentido
Porque carecen de la cura para sanar el olvido
Miro al cielo y me pregunto...
¿En dónde puedo encontrar, lo que me fue prometido?


Hablar de dolor sin haberlo experimentado
Es como querer sembrar un fruto
En un lugar no fecundado
Lejos del sol, de la lluvia, y del amor esperado.


¿Qué me queda por hacer?
Ante la impotencia infame
De no poder remediar
El dolor que nos invade.


Sólo me resta esperar
Que el espíritu se afane
Para poder alcanzar
A una vida soportable.


Roberto Soria - Iñaki

Soy el que soy





¿Quién sois? —¡¿Cómo, es que acaso no me reconoces?! —No, ¿debería?—. Le respondió mirándole a los ojos, haciendo muecas de desconcierto, pues sus intentos por identificarlo eran inútiles.
Algo sorprendente aconteció… el supuesto conocido reducía su tamaño ante la mirada atónita del que fuera abordado de manera intempestiva… «¡Diantres!», dijo el interceptado para su interior, al tiempo que tragaba su propia saliva —Insisto en la cuestión. ¿Quién sois?
Pregunta sin respuesta, pues aquel que luciera gallarda y arrogante su figura en el momento de su llegada, continuaba comprimiendo su tamaño, de hecho, en contra de su perniciosa voluntad.
¡Alto, no te acerques más! —Pero…, si no pienso causarte daño, luces mal, famélico; permite que te ayude —¡Detente, os he dicho—. Se hizo un espeso silencio entre los dos personajes, mientras que, en el cielo, una batalla entre nubarrones y los rayos del sol se celebraba —¡Me estáis extinguiendo!—. Indicó el debilitado, al tiempo que sus manos se crispaban sobre el fango de la porción del suelo en que se había caído —¿Yo?... ¡pero si ni siquiera te he tocado! —Tu sola presencia lo hace, ahora soy yo quien te pregunta, ¿quién sois? —Mis amigos me llaman “el bizarro”. Pero dime, y tú… 
El caído respiraba con dificultad, jadeante, con la mirada extraviada en el punto de la nada, señalando con el índice derecho el firmamento, en donde la luz del sol anunciaba la victoria en la batalla... —Responderé a tu pregunta—. Pronunció con gran dificultad el pernicioso —Caballero; soy "EL MIEDO", al menos así me nombraban hasta hoy, que te encontré beligerante.