domingo, 21 de mayo de 2017

La bruja



Y ahí va, transitando por esas calles silenciosas que alguna vez fueran testigos mudos de la pasión que sin duda, el destino le tenía preparada.
Pasos cansinos, rostro macilento, con el alma macerada por lo espeso de su culpabilidad. Así luce ella. En su mente, el viacrucis, cual cadena cuya dualidad consiste en mantener esclavizada su esencia y, lacerar de por sí, las llagas sanguinolentas que brotan en cada palpitar de su corazón por cierto… casi exangüe.
Muchos años han transcurrido desde aquel instante pernicioso, en donde su beldad inexistente sentenció la profecía según ella, de soportar la execración producto del dolor que deja la añagaza.
Sucumbe de a poco, y la proximidad de su óbito le anuncia la factura que habrá de llegar a sus manos para cobrarle iniquidades. —¿Dónde está la sonrisa que te cautivaba, en qué lugar se perdió la candidez de tu mirada?—. Palabras del pasado, emitidas por el hombre que le amaba, al menos ella, así las inmortalizaba. —¡Espera, no te vayas, permite que mi ganas te detengan, para que mis labios enjuguen la hiel que en todo el plano de tu piel… te hocica.— le seguían rebotando las palabras, mientras sus pies disminuían entre sí, cada pulgada de distancia entre su ser, y su morada.
El gran escaparate de su expendeduría favorita la esperaba, cerrado por lo tarde ya, no eran horas de vista para compras, pero el espejo montado en la puerta principal ya le aguardaba, impaciente por revelar para ella su verdadera cara, con revestimiento de vello facial, excesivo en el arco de su labio superior, que al igual que en sus mejillas, hacía gala de presencia.
Ojos saltones, piel atezada, cabello cuyos rizos habían perdido la textura, semejando caracolas de la mar, abandonadas, carcomidas por el sol, el salitre y la nostalgia.
Observaba su reflejo, azorada, mientras su diestra se depositaba en lo pronunciado de su vientre, víctima de la hinchazón, hogar no concedido para su Helicobacter Pylori, alojado en su intestino compartido con su Staphylococcus aureus, sin olvidar sus miomas.
Se colocó de perfil, en una tentativa por mirar completa su figura —¿Por qué no pudiste nacer?, si sabías que te esperaba—. Murmuraba entre sollozos al tiempo que su falda… con dificultad alzaba.
Hizo acto de presencia un invitado no esperado; la lluvia, manto dócil que la piel de ella, acariciaba. Las farolas encendidas parecía que le miraban, y las sombras de las mismas tremolaban cuan banderas, indicándole que su camino continuara. Las gotas que del cielo se estrellaban contra el suelo le anunciaban su nirvana, y una voz acompañada por un trueno la sedujo… «Es momento de partir, has cumplido tu sentencia, debe descansar tu alma.»