viernes, 8 de septiembre de 2017

Blog literario

Dolors López-La princesa Yaseve

Salvador Sparti

José Antonio González Queiro

Crucigrama



Un sismo de 8.4 grados en la escala de Richter sacude a México… Huracanes, tormentas tropicales y en general, fenómenos naturales devastadores azotando una porción del planeta.
La tierra reclama, se manifiesta poniendo en evidencia la fragilidad del ser humano. Pero al parecer no es suficiente, la mano del hombre interviene… opresión, conatos de guerra global, terrorismo, dictadura, asesinatos, abuso de poder, pobreza extrema; pareciera ser que la meta principal es la destrucción total de las especies.
Observo, intento razonar, la ignorancia me hace presa. Escucho clichés que me confunden, demagogia pura, pura demagogia. La humanidad insiste en estar dividida, y a los líderes les ocupa que sus pies crezcan sin proporción pues entre más grandes mejor, para pisotear sin miramientos a los débiles de voluntad y con ello, amasar fortunas exorbitantes y poder.
Dogma, conocimiento que se considera cierto de modo absoluto…, no lo entiendo, y al no entender me doy cuenta de que lo más sencillo resulta ser lo más complicado, al menos para mí.
 Busco respuestas en espera de encontrar los porqué de una humanidad tan lastimada, pero entre más indago más confusión se genera en mi cerebro. Los líderes religiosos beben y comen en utensilios de oro y plata, degustando los manjares más exquisitos y exóticos, bebiendo sin sed de los mejores vinos, sobra decir que, de costos inaccesibles para la mayoría de los mortales.
Los políticos estructuran presupuestos absurdos, aberrantes, cuyos recursos multimillonarios serán utilizados tan sólo en su propio beneficio… no, un momento, estoy siendo injusto con ellos, repartirán las migajas entre la población expectante.
Y la “sociedad” cuyo adjetivo calificativo le queda muy grande, pues ni es conjunto ni se relacionan para convivir. Al menos no la mayoría.
Retomo el diccionario, —HUMANIDAD— del latín humanitas, -atis «Conjunto de todos los hombres, condición propia del ser humano, sentimiento de lástima hacia los que sufren.» Al menos así lo dice el diccionario. No, definitivamente, no estoy entendiendo nada.


Roberto Soria - Iñaki


miércoles, 6 de septiembre de 2017

El lamento de la rosa



La miré, silueta garbosa
y entre sus manos la rosa que una vez le regalara…
flor marchita, de pétalos acartonados
que fuera testigo mudo de un pacto entre enamorados.

Era tarde
y para no hacer alarde resumiré que me amaba
pero decidió marcharse, no sin antes excitarse
por la pasión desbordada.

Porque bastaba un suspiro para robarle el aliento
¡porque las caricias mutuas eran puro sentimiento!
y nuestros cuerpos ardientes, como guerreros valientes…
sin tregua se disfrutaban.

«¡No, no te vayas!»
Le grité desesperado
y en un suspiro anegado se burló de mi desgracia
restregándome en la cara lo añejo de su falacia.

El tiempo continuó su marcha
mis heridas se cerraron
y en un giro del destino
nuestras almas se encontraron...

—Quiero verte, aunque no pueda tenerte.
Me dijo en mensaje fatuo. Y sin dudar respondí
—¡Esto es algo baladí, ya no te tengo confianza!
y no será una alabanza la que me incline ante ti.

Decisión bizarra, puedo jurar que le amaba
mas mi dignidad gritaba que ante la traición sufrida
es mejor acariciar la herida
que revivir la batalla.


©Roberto Soria - Iñaki

jueves, 31 de agosto de 2017

La espiga

—¿Por qué te empeñas en caminar entre la hierba mala?— le dijo al HOMBRE un viejo morador de la comarca. El HOMBRE respiró profundo, con la vista fija contemplando el horizonte.
Después de unos instantes depositó sus rodillas sobre el campo, con ambas manos removió cuidadoso la maleza. Arrancó de tajo los hierbajos, para dejar al descubierto la belleza de una espiga… El anciano la miraba complacido, al tiempo que aquel HOMBRE pronunciaba —Es por esto que lo hago, porque aun entre lo malo habita el trigo.


©Roberto Soria – Iñaki

martes, 29 de agosto de 2017

Soneto de reconciliación




Llora mi querido bandoneón, frente a la luna

Que la noche quiere disipar por fin su pena

Y para resolver el dilema de tan cruel condena

Le basta tu canción, tan sólo una



Que los perros, mis guardianes, alerten el sentido

Y que mi hija, mi pequeña, se decante por la euforia

Para celebrar en el alcázar con las mieles de la gloria

El haber vencido a los fantasmas de tan cruel olvido




Porque no me venceré por tanta ausencia

Ni viviré del recuerdo tan querido

Porque me asiste en la memoria la paciencia




Y si vuelvo a enamorarme en lo sinuoso del camino

Seré prudente, apasionada y persistente ¿por qué?

Porque sé que enamorarse sólo es cosa del destino






©by Roberto Soria - Iñaki

viernes, 25 de agosto de 2017

Tejedoras de esperanzas



         «Necedad…» Así le llaman algunos a la insistencia de dar sin recibir algo a cambio. —¡Eres un animal en peligro de extinción!— me grita desde el fondo del salón una de mis alumnas. La miro complacido.
La clase de hoy incluyó filosofía empresarial —profesor, ¿podríamos alargar la clase con usted hasta diciembre?— Se trata de Patricia, mujer que se convence en cada sesión de que la perseverancia trae consigo un premio. La miro sonriente. Ella entiende mi mirada, sabe que sería un placer continuar con la enseñanza pero…, ya no depende de mí.
Los cursos están por concluir. «Valió la pena.» Me digo… Los conocimientos transmitidos hacen gala de presencia. El grupo se lleva lo mejor de mí; el esfuerzo, mi cariño, la esperanza.
No, definitivamente no es fácil para muchos emprender el camino hacia la independencia, sobre todo en un país en donde la apuesta por la impunidad y la ignorancia se convierte en distintivo, agravando la pobreza extrema.
—¡¿Qué nos depara el destino, profesor?! ¡Si el puñetero gobierno nos ha sumergido en la mierda!— comentario lleno de impotencia de otra de las compañeras. Apunto con el índice mi sien derecha… «Piensa», digo para mis adentros.
—El cambio está en cada una de ustedes— el silencio envuelve al aula, mi voz retumba en la pizarra —el problema de nosotros es la compasión, rompamos paradigmas, la autosuficiencia las espera. No tengan temor al fracaso, un negocio bien estructurado suele traer recompensa—. Se quedan pensativas.
Qué difícil es romper esquemas de esclavitud. Aves encerradas en jaula abierta, mujeres temerosas de emprender el vuelo, acostumbradas al yugo patriarcal que las aqueja, maltratadas por lo menos…, psicológicamente.
«¡Una, con una que lo entienda me daré por bien servido!». Es lo que me digo al iniciar mis clases.
La jornada termina. Camino hacia la parada del transporte público. El autobús se detiene, ocupo uno de los asientos disponibles. Abrazo mi mochila, mi teléfono móvil suena. Se trata de una de mis alumnas… —¡Muchas gracias, profesor!— es un mensaje de texto, corto, acompañado de uno de esos emoticones sonrientes —¿por qué?— le pregunto de inmediato —porque por primera vez puedo valerme por mí misma.
Sonrío al tiempo que mi mente construye una frase… «Mujer, cuando aprendas a valorar el potencial que tienes, ese día, tu fuerza de voluntad habrá vencido.»


Roberto Soria - Iñaki

martes, 22 de agosto de 2017

Ausencia






No, hoy ya no canta el jilguero

Aquel que me daba en tu nombre el «buenos días.»

Su nido luce intacto


Igual que la última vez que te escuché decir que me querías.



Ante el silencio, el viento me pregunta las razones

Y no acierto a responder

Tan sólo llegan a mi mente decasílabos

Que me atormentan con sus especulaciones.


Pensé que la luna me daría respuestas

Pero al mirarla sufrir ante tu ausencia

Decidí no formular preguntas

Y preferí llorar con ella…, de impotencia.


"Espero curarme de ti", Sabines lo decía

Mientras yo le grito al tiempo lo contrario

Y basado en mi locura, pido que seas para mí,

Por siempre y para siempre… La cura.


Quise perseguir tus huellas

Pero la lluvia se hizo cargo de borrarlas

¡No quiere que te encuentre! Quizá por celos,

Por haberme enamorado de tu cuerpo, y también de tus desvelos.


Hoy la noche para mí se torna espesa

Mas nada me interesa

Seguiré buscando entre las sombras

Y aguzaré mi oído, por si acaso alguna vez…, me nombras.


Porque no me conformo con tu olvido

¡Porque no aceptaré que te hayas ido!

Sin haber escuchado de tus labios

Esa frase que asesine mi cariño.




Roberto Soria - Iñaki

sábado, 19 de agosto de 2017

Perseverancia


Si te rindes ante las vicisitudes, jamás conocerás el potencial de tu entereza.

Chocolate



Probaré de tus labios el sabor del chocolate, mientras mis suspiros se desnudan ante la timidez de tu cordura...

Sin derecho



No..., nadie tiene el derecho de robar tu libertad, a menos que tú se lo permitas.

Roberto Soria - Iñaki

Sin barreras



Si me hablaran de distancia
Como condición latente
Para besarte los labios
Me declararé paciente
Les diré que acepto el reto
Para mirarte de frente
Porque quiero enamorarte
Con mi corazón ardiente
Si acaso el tiempo implacable
Se mostrara insuficiente
Haré un trato con la muerte
Para que yo pueda verte
Y si no me lo concede
Por cuestiones del destino
Pienso construir un túnel
Que me acerque a tu cariño
No importa cuánto me tarde
En edificar el nido
Quiero que seas mi mujer...
Yo quiero ser tu marido


Roberto Soria - Iñaki
© Derechos reservados

sábado, 29 de julio de 2017

La fruta de don Francisco


Pasos que avanzan, otros que se detienen, porque se cansan…

—Debemos caminar mientras estemos vivos— me dice don Francisco. Hombre que se sostiene económicamente con la venta de la fruta que transporta en su triciclo.
Sus ropas lucen desgastadas, y sus botas tipo militar hablan por sí solas. Sin duda, muchas millas caminadas.
Lo observo con detenimiento mientras disfruto de una buena porción de mango picado que dispuso en una de las bandejas desechables que utiliza para la venta.
—¿Hasta qué año estudió, don “Paco” —así le digo de cariño. Antes de responder se le mira reflexivo mientras lava sus manos en esa vieja cubeta que compaña a su triciclo…
 —¿Escuela? ¡No, hombre, que va! No terminé ni el tercero. No había tiempo para eso. Tenía que trabajar. Mi madre se quedó viuda muy joven. A mi padre, que en gloria esté, lo cogió una prensa hidráulica. Le deshizo su brazo derecho. Murió desangrado. Si su patrón lo hubiera llevado al médico de inmediato quizá se hubiera salvado, pero no quiso, dizque porque no tenían “seguro social”, y que tal si le cerraban el negocio por eso.
Hace una pausa…, una señora llega para pedir un coctel. —¡Mamá, mamá, yo quiero que le ponga de todo— le dice el pequeño que viste con el uniforme de la escuela a la que asiste. Don Francisco lo mira de reojo, corta un trozo de melón y le espolvorea picante en polvo —Toma, cómelo en lo que preparo lo que quieres, está dulce—. El niño mira a su madre —agárralo —le ordena la señora. Quien con una sonrisa franca le agradece a don Francisco.
Después de pagar la compra se retiran presurosos, la campana de la escuela suena, señal de que la puerta de entrada está a punto de ser cerrada.
—¿No le pierde, don Francisco?
—¿A qué, a la fruta que le regalé?
—A eso me refiero.
—¡No, hombre, qué va! Esta ropa que traigo puesta es un regalo de la señora. Era de su esposo. Él se fue a los Estados Unidos, pero allá pos…, se lo mataron. Siempre me compra la fruta, y a veces me invita un “taquito” de lo que guisa en su casa. Es re buena gente.
Nueva pausa. Un par de adolescentes se acercan para peguntar por los precios. Finalmente deciden. Adquieren dos vasos de los grandes rellenos de fruta picada. Le pagan.
—¿No tienes cambio?—. Les pregunta don Francisco. Son 40 pesos, pero el billete que recibe es de 50. Don Francisco busca entre sus bolsillos —Aquí tiene don “Paco” —le ofrezco una monea de a 10. —Gracias, güero, al rato ajustamos cuentas. Se vuelve a enjuagar las manos.
—Ya vienen las elecciones, la cosa luce difícil— me dice mientras se frota el mentón.
—¿Ya sabe por quién va a votar? Don “Paco” —él suelta tremenda carcajada.
—¡Ja, ja, ja! Yo no voto, ni a cuál irle. Todos son una bola de rateros. Dios nos proteja del presidente que llegue. Ya ves lo que está pasando con Venezuela. Pobres, esos sí que están fregados.
Lo malo es que uno no los escoge, ellos se ponen solitos. Haciendo acuerdos entre partidos, ya sabes, en lo oscurito. No sé pa que gastan tanto dinero en sus famosas campañas si todos sabemos que las elecciones son una farsa.
Hace 3 años estaba yo vendiendo a las afueras del mercado cuando se me acercó una diputadilla —Lo que se le ofrezca, señor Francisco, ya sabe que estamos para servirle— me dijo la muy ladina.
Mire, señorita, se lo digo con respeto. A mí sus cuentos de campaña me los sé ya de memoria, a otro perro con ese hueso. Se puso colora. —No desconfíe, don Francisco, estamos haciendo política moderna, ya no somos como antes. No vamos a defraudarlo— me dijo mientras me daba un folleto de su partido.
Antes de despedirse le dije… mire, señito. Se bien que después de las elecciones usted ya no se acordará de mí. Pero está bien. Míreme la cara para que no se le olvide.
Y como fue. Un día que necesitaba de su ayuda porque las autoridades me querían quitar mi triciclo fui a buscarla a su despacho. De eso ya pasaron 2 años y…, sigo esperando a que me reciba.
—¿Y usted qué hizo para que no le quitaran el triciclo?
—Tuve que darles dinero. Pero bueno, güerito. Es hora de retirarme, ya cerraron la escuela. Ahora me voy a la venta en el mercado.
—Espéreme, don Francisco. Aquí tiene, todavía le debo.
—¡Uyyy! ¿Otro billete?
—No se preocupe, don “Paco”. Mañana paso por el cambio.


Roberto Soria - Iñaki

miércoles, 26 de julio de 2017

Fabricantes de sueños



3 de la tarde, viajo en el transporte colectivo. A mi lado, mi hijo mayor quien ese día me acompaña. El Mexibus cruza la línea divisoria entre el estado de México y esa ciudad perdida llamada Chimalhuacán. Finalmente llegamos a nuestro destino. Llueve, es una lluvia que nos envuelve mientras caminamos unos 500 metros hasta llegar a la casa en donde impartiré mis cursos.
Y allí está, es doña Martha. Una señora de 83 años de edad. Cansada, muy trabajada por las extensas jornadas laborales que ha realizado a lo largo de su vida. Nos mira, sus ojos no pueden ocultar la felicidad que le produce nuestra presencia.
Sus labios dejan ver apenas un par de dientes que asoman cuando dice… «¡Bienvenidos, pensé que no llegarían!». —Doña Martha, no exagere, apenas son las 3:30 y el taller comienza hasta las 4:00— Le respondo cortésmente.
Junto a ella, Celerino. Un hombre maduro que no puede caminar. Mueve su silla de ruedas para franquearme la entrada. Estrecho su mano, áspera, quizá por el constante manoseo sobre las ruedas de su silla para que ésta avance.
Al escuchar mi voz hace su aparición Olegario, un hombre joven que camina con gran dificultad. Sus piernas no funcionan bien a causa de un accidente. Pero su sonrisa es amplia, fraternal. Doña Luz se acerca para saludarme. Es una mujer muy sencilla, en cierta forma tímida. También forma parte del grupo que pretendo preparar para enfrentar la vida.
Gradualmente van llegando los demás asistentes. En su mayoría no saben leer ni escribir. —Papá, yo les ayudo con el llenado de sus cuadernillos— me dice mi hijo. Un acto de solidaridad, o como yo le llamo, vocación de servicio. No necesito decir más nada, mi hijo conoce mi lenguaje a través de la mirada.
Doy inicio. Intercambio con el grupo algunas de mis experiencias, me miran atentos, me escuchan… —¡necesitamos de apoyos financieros, cierto!, pero si nadie nos ayuda no claudicaremos. Les voy a demostrar que cada uno de ustedes tiene talentos escondidos, habilidades dormidas que se mantienen a la espera de ser despertadas para emprender un negocio— les digo mientras que mi mirada escruta los rostros de cada uno en un intento por adivinar lo que ellos callan.
La confianza hace acto de presencia. Ezequiel y Margarita, su esposa, rompen el silencio. Me dejan ver a través de sus palabras lo crudo de su realidad. Mi corazón se estruja. La mayoría agacha la cabeza, como en señal de respeto.
Mi mente revoluciona para dar salida de mi boca a una serie de opciones que pueden llevar a cabo para sobrevivir. Sus miradas brillan. La esperanza por encontrar una salida que desahogue sus presiones económicas palpita. Doña Martha toma la palabra… —Yo vendí verduras muchos años, hasta que una enfermedad me llevó a perder lo que tenía. Ahora vendo hilos y listones. La vendimia no siempre es buena, pero no me rindo porque necesito comer. Además, tengo dos hijas; una es diabética y la otra no está bien de la cabeza. No pueden valerse por sí mismas. Es cierto que no sé leer ni escribir, pero si tú me explicas como mejorar en mi negocio, aprenderé.
Respiro profundo, intentando que mis emociones no se muestren quebradizas. —¡Nadie nos ayuda, y los que se acercan sólo vienen a quitarnos el dinero que con enorme sacrificio nos ganamos!— refiere con cierto enfado otro de los asistentes.
—¡Coincido con el compañero! A mí me han dicho que incluso los despojan de sus casas— hace eco doña Guadalupe. Mi voz por un momento se apaga. «Debo encontrar la forma de convencerlos de que todo lo que dicen no es mi caso.» Lo intento.
Finalmente me asisten las palabras. Mis dinámicas y el material didáctico se convierten en mis cómplices. Los asistentes confían, sonríen, se entusiasman. Hacemos bromas, me esfuerzo al máximo posible para que entiendan que lo único que busco es su bienestar.
Termina el curso, 4 horas de desgaste intelectual y emocional que tienen su recompensa…, la solidaridad.
Nos despedimos del grupo. La lluvia no ha cesado. Mi hijo y yo entramos a la estación del Mexibus para emprender el regreso. Un señor se nos acerca —les recomiendo que tomen otra ruta, el carril está cerrando a causa de un accidente. Un motociclista se mató más adelante— él no espera por una contestación, se marcha para continuar anunciando la noticia entre los demás pasajeros.
Mi hijo y yo nos hacemos múltiples cuestionamientos, no sólo por el evento, sino también sobre lo lamentable de la zona. Un lugar tan olvidado.
Algo pasa, el Mexibus hace parada y lo abordamos. Dos estaciones más adelante la unidad disminuye considerablemente la velocidad. Sobre la plancha de concreto hidráulico yace un cuerpo sin vida junto a una motoneta. La frazada que lo cubre se mira con manchas de sangre, mucha sangre diluida por la lluvia. Una ambulancia y una patrulla custodian el cadáver. Avanzamos.
Al día siguiente mi hijo me busca para mostrarme la noticia de los diarios…, 2 jóvenes, uno de 14 y otro de 16 años mueren atropellados. Escapaban en su motoneta a toda velocidad. Habían cometido un asalto pero en su loca carrera, un auto les quitó la vida.
Regreso a Chimalhuacán para seguir con mis clases, convencido de continuar, y necio por transformar en fabricantes de sueños, a futuros comerciantes.

Roberto Soria - Iñaki


jueves, 20 de julio de 2017

Un beso sin malicia




Ella, —«Asesina de mis sueños.»— no sé porqué, pero así me dio por llamarla. Se presentó en esa calle solitaria apenas iluminada por las farolas de neón apostadas en cada una de las 4 esquinas.
Yo andaba medio enfadado, acompañado de un equipo especial para filmar, de esos que logran grabar sin importar lo espeso y frío de la oscuridad. “Un martes en mi arrabal” Así bauticé aquel vídeo hace ya 14 años, con una leyenda al calce que cita oportunamente…, “sin fecha de caducidad”.
No tuve que esperar por mucho para ser testigo de una historia singular. Un auto negro de marca muy conocida se aparcaba en el lugar; eran las 9 en punto.
Vi descender el cristal de la ventanilla al lado del conductor. La luz de la cerilla iluminó por tan sólo unos instantes el rostro del tripulante quien se dispuso a fumar. Hombre mayor, no le calculo la edad.
Después de algunos minutos apareció una mujer, vistiendo una falda tan corta que dejaba al descubierto su consciencia y algo más. La redondez de sus pechos luchaba contra el sostén, y sus tacones de aguja marcaban el territorio con surcos imaginarios para fecundar la miel.
Llegó un tercero en discordia… gabardina en tono azul, zapatos de charol bicolor, pantalón inglés holgado y un sombrero de ala ancha. Mi cámara los enfocaba, testigo mudo de un baile de caricias y palmadas.
Los grillos se silenciaron, ¡se avivaron las farolas!, y sin decir más que un “hola” se fundieron en abrazos. «¡¿De dónde viene la música?!», me pregunté. Era un ritmo cadencioso que invita al enamorado, con sonidos de pianola, de chelos y Stradivarius. —Te amo—. Lo escuché con claridad, mientras ella le correspondía con un beso sin maldad.
Mis ojos se abrieron al máximo..., no sé cómo lo hizo, pero el hombre apareció una rosa entre sus propios dientes mientras que sus blanquecinas manos acariciaban de la mujer…, el vientre.
Se apostaron en un muro, cobijados por las sombras, pero la luna indiscreta sin querer perder detalle, los traiciona.
Los tacones se deslizan dejando los pies descalzos, y la falda celestina se levanta para dejar al desnudo los ardientes cuestionarios. Se le nota entusiasmada.
¡La música cesa, el silencio se agiganta!, y el hombre del automóvil los mira fijo a la cara —¡Malditos!— Les grita lleno de rabia. Desenfunda su pistola, y sin piedad les dispara, ¡no les da tiempo de nada!, y cuando sus cuerpos caen…, ella levanta la cara —¿Por qué lo hiciste, mi amor?..., era mi hermano mayor que vino a felicitarte; porque estoy embarazada.

sábado, 15 de julio de 2017

Sueños amortajados


Son las 6 de la mañana, pero ella no ha dormido nada. Sabe que la espera uno de esos días cargados de nostalgia. Se mira ante el espejo, temerosa de descubrir las huellas que el tic-tac de su reloj le ha regalado.
Sabe que debe ducharse, pero las ganas por hacerlo han desaparecido, lo mismo que el apetito de sus insulsos alimentos que danzan sobre la mesa del pequeño comedor junto a la sala.
La “soledad” le da los buenos días, pero ella no responde; está más que fastidiada de escuchar los decasílabos matutinos del silencio que se abraza a las persianas de la ventana aquella, en donde los rayos del sol se han estrellado.
—¡Anda, no comiences con tus devaneos!—. Le parece escuchar esas palabras provenientes del jilguero que habita entre las ramas del viejo sauce alojado a las afueras de su casa. El jilguero agita con fortaleza sus alas, mientras ella contempla el movimiento traduciendo esa cadencia de subliminales mensajes sobre la libertad tan anhelada.
Después de algunos minutos de reflexión estéril se pasea por el piso. 40 metros, y si acaso un poco más al tomar en cuenta la pequeña dimensión de la terraza. Esa es su casa, «Territorio de quimeras.» Así lo llama. Pareciera que los metros coinciden con su edad.
La última década ha sido para ella una verdadera guerra fría, en donde sabe que cualquier descuido de parte suya puede costarle la batalla. Es por eso que se encierra, atrincherándose con esos muros que sirven de guardianes protectores ante los males de una sociedad mundana.
Sus ojos se posan sobre el mueble que contiene sus tacones; no son pocos, sobre todo si se toma en cuenta que a la calle…, nunca sale. De colores varios, para combinarlos con la ropa que delata la esbeltez de su figura. Selecciona los tacones rojos, ya su mente relaciona la prenda delicada que habrá de lucir para seducir el espejismo del amor que tanto espera. Desempolva su vestido, de color ardiente como el fuego, de textura tan sutil como para enamorar al ego.
Sonríe, no por fuera. Se piensa que las muecas expresivas en su cara no son su mejor argumento. Se ducha, pero falta algo…, olvidó la lencería, esas prendas diminutas que se gozan en su cuerpo porque sabe que las luce sin mayor problema al igual que lo hacen las modelos de las mejores pasarelas.
Después de enfundarse en esos trozos de tela brocada se vuelve a parar frente al espejo…, se contempla, sabiéndose bella. Al terminar de vestirse le dedica tiempo a su melena. «No cabe duda, la peluquera ha realizado un buen trabajo.» Lo piensa mientras desliza el peine grande de carey sobre el cabello largo; 100 veces por lo menos, hasta lograr acomodarlo.
El neceser espera impaciente, el labial es el primero en asomar sin importarle ser el último que habrá de dar el toque de sensualidad a los delgados labios no besados. —¡Hey!, aquí estoy…, no te olvides de mí porque el aroma que te ofrezco es el mejor para impregnar ese cuerpo detallado—. Un perfume, de los caros.
El ritual ha terminado. Se encamina al tocadiscos, con la intención de escuchar su melodía favorita para bailar con el amante imaginario. «¿Te ofrezco de la cava?». Pronuncia pizpireta, en espera de que el viento le responda el “sí” que por tanto tiempo no ha escuchado.
Después de unos cuantos tragos el calor le ha sofocado… ¡Se desnuda, se excita, se toca!, y sus dedos recorren sin piedad su boca, hasta lograr estremecer las ansias que brotan por los poros de su piel…, y que la vuelven loca.
El clímax le acompaña en el proceso hasta coronar el dulce encuentro con la diva ilusionada, porque sabe que el momento es el final de esa mujer que 2 años atrás ha dejado de soñar, porque murió sin conocer, lo que era verse ante el espejo enamorada.


viernes, 14 de julio de 2017

Entre el amor y el olvido



Hoy te digo que te amo, sin haberte conocido, consciente de la distancia, y contemplando tu olvido.

No necesito mirarte, ni tocarte los sentidos, ni tener sobre tu falda, un hijo que no ha nacido.

Aún conservo la nostalgia, de los besos prometidos, y me aferro a la esperanza, de que calientes mi nido.

Más si el tiempo no me alcanza, para tener tus suspiros, pienso dejarte mi esencia..., Sin haberte conocido

Roberto Soria - Iñaki

jueves, 13 de julio de 2017

Juguetes del destino


Deambulaba por la calle sin sentido, él, Salvador era su nombre, quien tenía como fortuna tan sólo una moneda en su bolsillo. Luchando por mantenerse en pie, abriéndose paso entre la multitud que mendiga un trozo de pan porque las oportunidades en el mundo han fenecido.
—¡Epa!, hazte a un lado de mi Mercedes Benz, maldito mendigo, que lo vais a ensuciar con tus andrajos—. Le increpó aquel hombre que por su sola apariencia se le miraba ser un tipo rico. —Disculpadme, señor, no ha sido mi intención causar afrenta —pues con tu sola presencia lo habéis conseguido. ¡Anda, macho, marcharos de aquí, y que no te vuelva a mirar porque te rompo el pico!
Cabizbajo y ofendido continuó su andar, en busca de un trabajo para llevar el sustento a su casa, en donde su mujer lo esperaba al lado de sus dos pequeños hijos.
—Señor, he mirado su letrero en la cornisa, vengo a ver lo del empleo—. Refirió Salvador al tiempo que señalaba el anuncio que colgaba solicitando un mozo para hacer los deberes en el piso. —¡Ostras, tío!, ¿acaso te piensas que mi establecimiento es un lugar para tipos como tú, sin techo? —no, señor, permítame explicarle… —¡nada, nada! Anda, largo de aquí que no deseo que asustéis a nuestros clientes—. Le manoteo chasqueándole los dedos en la cara.
Así llegó hasta la plaza ubicada en pleno centro de la gran ciudad que le robaba el aliento. Se dejó caer en una de las bancas disponibles, hundiendo su cabeza entre las piernas, mirando sus zapatos sucios y desgastados. «Señor, ¿por qué me habéis abandonado?». Lamentaba mientras sus manos temblaban no por frío, sino por saberse de la vida, relegado.
Miró hacia lo alto de una torre, y su mente contempló la solución…, la del suicidio. «Querida, mis hijos, perdonadme por favor, os lo suplico.»
Se levantó con el pecho más que hundido, decidido a terminar su sufrimiento, encaminándose a la cita mortal con su destino. —Una limosna por favor, se lo suplico—. Se trataba de un menesteroso quien de la nada se interpuso en su camino. Salvador metió la mano en su bolsillo para extraer la moneda que guardaba.
—Tenga, buen hombre, en sus manos es más útil que en las mías —muchas gracias, mi señor, no por la moneda, sino por la acción de compartir conmigo tu destino. No llevéis a cabo lo que piensas, porque tus sueños morirán sin haberlos concebido.
Salvador giró la vista, un estruendo por demás escalofriante lo había sorprendido. Antes de salir corriendo quiso despedirse del mendigo…, pero ya no estaba. Se fue hacia la esquina; un auto conducido a gran velocidad se había estrellado contra un muro. El conductor había muerto en un instante, era el hombre del Mercedes Benz que momentos antes lo había menospreciado.
Los mirones se apiñaban en el lugar para satisfacer su morbo, mientras el ulular de la ambulancia se intensificaba en señal de que los paramédicos habían sido alertados… —¡¿Salvador, eres tú, Salvador?!—. Era un viejo conocido, “empresario prestigiado”, así lo puso en contexto aquél, que se decía ser su amigo.
Después de intercambiar palabras y escuchar lo sucedido, Salvador recibió la gran propuesta…, —no te preocupéis por nada, Salvador; porque trabajaréis conmigo.


Roberto Soria - Iñaki