martes, 27 de diciembre de 2016

Pescador de Sirenas






Ahí se encontraba, con el cabello golpeando sutilmente sus facciones, mirando las olas que rompían el acantilado aquel que de morada me servía. Contemplé la luna, con esos destellos parecía que sonreía. Volví mi rostro hacia la arena, se había marchado, la mujer que de la nada mi corazón había robado.
Pescador de peces, cierto, humilde y soñador como los hombres cotidianos de aquel puerto. Ella, mujer fina, de familia acomodada, hija del patrón que mis servicios contrataba. ¡Vaya lío! Cómo pude enamorarme de quien para mí, era prohibido.
Aún así le cantaba, sintiéndome el Neptuno que suspira a la sirena que se sabe afortunada. ¿Amigos? Pocos. Era algo inexplicable porque el brillo de mis ojos era limpio, como el mar que me bañaba.
A la mañana siguiente me dispuse a la faena. Estaba al punto de soltar mis redes cuando una voz autoritaria me ordenaba —¡Hey, tú, pescador, venid acá de inmediato!—. Era el patrón. Solté las mallas y descendiendo del velero corrí para atender su llamado —Iñaki, ¿verdad? —A sus órdenes señor, en qué os puedo servir —Mañana cumple años mi hija, Sofía. ¿Le conocéis? —La he mirado algunas veces —Bien. Sé de tu destreza, es por eso que me acerco a ti para pediros que cojas el Pez Vela más grande de estos lares, ya tú sabes, en trofeo para mi hija. Os daré una recompensa —Intentaré tal encomienda, mi señor —No intentes, mejor logra.
Regresé a mi embarcación, no era la plata la que me movía para conseguir aquel afán, sino ella. Imaginé su cara esbozando una sonrisa para mí al presentar ante sus pies tan bella presa. Poder estar frente a sus ojos sería para mí la verdadera recompensa.
A la mañana siguiente me interné sobre las aguas, decidido, en espera de encontrar al majestuoso pez para ser favorecido.
Seis horas transcurrieron pero nada, casi me doy por vencido. Más de pronto miré a lo lejos su figura, haciendo saltos jubilosos como retando a las olas. Marlín enorme, tres metros de largo, sin duda 120 kilos de peso. Azul metalizado, con esa aleta en el dorso que le hacía lucir muy poderoso.
No fue fácil pero pico el anzuelo. Luchó, como un gran guerrero que se sabe acorralado, moviendo el cuerpo con destreza, ensayo inútil por escapar de los jalones que mis brazos fabricaban, todo por sentirse libertado.
Quizá treinta minutos, es el tiempo que estimé duró el encuentro, con mis manos ya cansadas, algo ensangrentadas. Se había rendido.

***

—¡Jopeta! El pez más grande que jamás he visto —¿Os gusta? —Sin duda padre mío. Pero decidme ¡¿Quién ha sido el valiente que ha logrado tan osado desafío?! —Ahora le conoceréis, le he mandado llamar. Es uno de los pescadores que laboran para mí, nadie en especial.

Esa mañana uno de los mozos del patrón había ido en mi búsqueda. En cuanto transmitió la orden me puse listo con mis mejores ropas, desgastadas ellas, pero limpias. Con mi cabello recién acomodado me dispuse con el pecho erguido, emulando a los grandes caballeros de los tiempos medievales. Por armadura, mis harapos, y por espada, el arpón que a la bestia dominara.

—¡Sofía, Sofía! —Ordenad, querido padre —Mirad, este mozo es quien trajo para ti tan bello obsequio —Vaya, sí que sois valiente. Pero dime ¿Sois del pueblo? —Sí, de la choza en el despeñadero —¡Vaya!, no os había visto antes.
El patrón emitió una tos fingida para poner fin a nuestro dialogo. Traía consigo una talega pequeña colgando de su diestra —Aquí tenéis, es tuya. Mis promesas son cumplidas —No mi señor, la recompensa ya fue recibida —¿Estáis demente, pescador? —Ya no estoy seguro, mirar los ojos de Sofía me ha dejado dudas —¡Calla, insensato! —Disculpad, mi señor, no he querido ofenderos en ninguna forma, sólo quise decir lo que sentía —¡Qué te calles, os digo! —Permiso para retirarme. Hasta mañana, señorita Sofía —¡Basta, mentecato! Apresadle, señor comendador, y dadle azotes hasta que su cuerpo brame. Es obvio que requiere de castigo.
El comendador, falto de voluntad y sumiso intentó con su voz imperceptible disuadir al patrón de decidir por el enfado —Pero, Don Fernando, tan sólo ha querido ser amable con la pequeña Sofía —¡Nada!, no aceptaré negativa de tu parte, debe servir de ejemplo para todos. ¡Así es que venga!, que la lección se convierta en marco para coronar la fiesta.
Me azotaron una treintena de veces. Herido y debilitado entre varios lugareños me arrojaron a la calle —¡Y no regreses!—. Advirtieron.
Como pude me arrastré rumbo a la playa, con un premio que llevaba la etiqueta de condena. Y me refugié en los montes, para no ser apresado injustamente.
Pasaron cuatro semanas, las heridas de mi cuerpo habían sanado, pero las del corazón seguían sangrando. Regresé a la zona, en espera de recuperar mi trabajo para mantenerme.
En busca del capataz caminé por las arenas más no pude continuar, una voz ya conocida me invitaba —¡Pescador, espera pescador! —Era ella, quien corría descalza para darme alcance —¡Señorita Sofía! No ha debido llamarme, si su padre se entera seguro manda matarme —No temáis, y no me llaméis señorita, tan sólo dime Sofía —Pero —Anda ¿Sabes? Tengo una deuda pendiente contigo, no he podido daros las gracias en aquel día —No diga eso, lo hice con gusto —Lo sé. Mi padre es un salvaje, mira que haceros castigar por lo que habéis dicho —Tal vez tuvo razón, después de todo no soy nadie —Equivocado estáis, para mi eres un gran pescador, un pescador de sirenas. Anda, nademos en la mar —Pero Sofía, ¡está muy picado en estos momentos! —No pasa nada, anda, antes que venga mi padre.
Corrió para internarse entre las aguas, yo quedé petrificado contemplando su belleza, admirando por completo su figura… Pero una ola le dio alcance, se la llevó sin miramientos. Corrí en un intento desesperado por salvarla, pero el mar embravecido me apartaba con fiereza. Seguí luchando, hasta que su mano se aferró de mi antebrazo. Nos miramos, a lo lejos escuchamos unos gritos —¡Hija, mi hija, jolines, hagan algo! —Era tarde, nuestros cuerpos por la mar fueron tragados. Jamás nos encontraron.
Nadie puede vernos, pero cada tarde nuestras huellas dejan rastro por la arena, pies descalzos, y una voz acompañada por las olas puede oírse, muy profunda, canto raro. Es Sofía, quien tomada de mi mano me sonríe, y me dice… —Bien amado, pescador de la sirena que te tiene enamorado.

Roberto Soria - Iñaki