sábado, 19 de agosto de 2017

Perseverancia


Si te rindes ante las vicisitudes, jamás conocerás el potencial de tu entereza.

Chocolate



Probaré de tus labios el sabor del chocolate, mientras mis suspiros se desnudan ante la timidez de tu cordura...

Sin derecho



No..., nadie tiene el derecho de robar tu libertad, a menos que tú se lo permitas.

Roberto Soria - Iñaki

Sin barreras



Si me hablaran de distancia
Como condición latente
Para besarte los labios
Me declararé paciente
Les diré que acepto el reto
Para mirarte de frente
Porque quiero enamorarte
Con mi corazón ardiente
Si acaso el tiempo implacable
Se mostrara insuficiente
Haré un trato con la muerte
Para que yo pueda verte
Y si no me lo concede
Por cuestiones del destino
Pienso construir un túnel
Que me acerque a tu cariño
No importa cuánto me tarde
En edificar el nido
Quiero que seas mi mujer...
Yo quiero ser tu marido


Roberto Soria - Iñaki
© Derechos reservados

sábado, 29 de julio de 2017

La fruta de don Francisco


Pasos que avanzan, otros que se detienen, porque se cansan…

—Debemos caminar mientras estemos vivos— me dice don Francisco. Hombre que se sostiene económicamente con la venta de la fruta que transporta en su triciclo.
Sus ropas lucen desgastadas, y sus botas tipo militar hablan por sí solas. Sin duda, muchas millas caminadas.
Lo observo con detenimiento mientras disfruto de una buena porción de mango picado que dispuso en una de las bandejas desechables que utiliza para la venta.
—¿Hasta qué año estudió, don “Paco” —así le digo de cariño. Antes de responder se le mira reflexivo mientras lava sus manos en esa vieja cubeta que compaña a su triciclo…
 —¿Escuela? ¡No, hombre, que va! No terminé ni el tercero. No había tiempo para eso. Tenía que trabajar. Mi madre se quedó viuda muy joven. A mi padre, que en gloria esté, lo cogió una prensa hidráulica. Le deshizo su brazo derecho. Murió desangrado. Si su patrón lo hubiera llevado al médico de inmediato quizá se hubiera salvado, pero no quiso, dizque porque no tenían “seguro social”, y que tal si le cerraban el negocio por eso.
Hace una pausa…, una señora llega para pedir un coctel. —¡Mamá, mamá, yo quiero que le ponga de todo— le dice el pequeño que viste con el uniforme de la escuela a la que asiste. Don Francisco lo mira de reojo, corta un trozo de melón y le espolvorea picante en polvo —Toma, cómelo en lo que preparo lo que quieres, está dulce—. El niño mira a su madre —agárralo —le ordena la señora. Quien con una sonrisa franca le agradece a don Francisco.
Después de pagar la compra se retiran presurosos, la campana de la escuela suena, señal de que la puerta de entrada está a punto de ser cerrada.
—¿No le pierde, don Francisco?
—¿A qué, a la fruta que le regalé?
—A eso me refiero.
—¡No, hombre, qué va! Esta ropa que traigo puesta es un regalo de la señora. Era de su esposo. Él se fue a los Estados Unidos, pero allá pos…, se lo mataron. Siempre me compra la fruta, y a veces me invita un “taquito” de lo que guisa en su casa. Es re buena gente.
Nueva pausa. Un par de adolescentes se acercan para peguntar por los precios. Finalmente deciden. Adquieren dos vasos de los grandes rellenos de fruta picada. Le pagan.
—¿No tienes cambio?—. Les pregunta don Francisco. Son 40 pesos, pero el billete que recibe es de 50. Don Francisco busca entre sus bolsillos —Aquí tiene don “Paco” —le ofrezco una monea de a 10. —Gracias, güero, al rato ajustamos cuentas. Se vuelve a enjuagar las manos.
—Ya vienen las elecciones, la cosa luce difícil— me dice mientras se frota el mentón.
—¿Ya sabe por quién va a votar? Don “Paco” —él suelta tremenda carcajada.
—¡Ja, ja, ja! Yo no voto, ni a cuál irle. Todos son una bola de rateros. Dios nos proteja del presidente que llegue. Ya ves lo que está pasando con Venezuela. Pobres, esos sí que están fregados.
Lo malo es que uno no los escoge, ellos se ponen solitos. Haciendo acuerdos entre partidos, ya sabes, en lo oscurito. No sé pa que gastan tanto dinero en sus famosas campañas si todos sabemos que las elecciones son una farsa.
Hace 3 años estaba yo vendiendo a las afueras del mercado cuando se me acercó una diputadilla —Lo que se le ofrezca, señor Francisco, ya sabe que estamos para servirle— me dijo la muy ladina.
Mire, señorita, se lo digo con respeto. A mí sus cuentos de campaña me los sé ya de memoria, a otro perro con ese hueso. Se puso colora. —No desconfíe, don Francisco, estamos haciendo política moderna, ya no somos como antes. No vamos a defraudarlo— me dijo mientras me daba un folleto de su partido.
Antes de despedirse le dije… mire, señito. Se bien que después de las elecciones usted ya no se acordará de mí. Pero está bien. Míreme la cara para que no se le olvide.
Y como fue. Un día que necesitaba de su ayuda porque las autoridades me querían quitar mi triciclo fui a buscarla a su despacho. De eso ya pasaron 2 años y…, sigo esperando a que me reciba.
—¿Y usted qué hizo para que no le quitaran el triciclo?
—Tuve que darles dinero. Pero bueno, güerito. Es hora de retirarme, ya cerraron la escuela. Ahora me voy a la venta en el mercado.
—Espéreme, don Francisco. Aquí tiene, todavía le debo.
—¡Uyyy! ¿Otro billete?
—No se preocupe, don “Paco”. Mañana paso por el cambio.


Roberto Soria - Iñaki

miércoles, 26 de julio de 2017

Fabricantes de sueños



3 de la tarde, viajo en el transporte colectivo. A mi lado, mi hijo mayor quien ese día me acompaña. El Mexibus cruza la línea divisoria entre el estado de México y esa ciudad perdida llamada Chimalhuacán. Finalmente llegamos a nuestro destino. Llueve, es una lluvia que nos envuelve mientras caminamos unos 500 metros hasta llegar a la casa en donde impartiré mis cursos.
Y allí está, es doña Martha. Una señora de 83 años de edad. Cansada, muy trabajada por las extensas jornadas laborales que ha realizado a lo largo de su vida. Nos mira, sus ojos no pueden ocultar la felicidad que le produce nuestra presencia.
Sus labios dejan ver apenas un par de dientes que asoman cuando dice… «¡Bienvenidos, pensé que no llegarían!». —Doña Martha, no exagere, apenas son las 3:30 y el taller comienza hasta las 4:00— Le respondo cortésmente.
Junto a ella, Celerino. Un hombre maduro que no puede caminar. Mueve su silla de ruedas para franquearme la entrada. Estrecho su mano, áspera, quizá por el constante manoseo sobre las ruedas de su silla para que ésta avance.
Al escuchar mi voz hace su aparición Olegario, un hombre joven que camina con gran dificultad. Sus piernas no funcionan bien a causa de un accidente. Pero su sonrisa es amplia, fraternal. Doña Luz se acerca para saludarme. Es una mujer muy sencilla, en cierta forma tímida. También forma parte del grupo que pretendo preparar para enfrentar la vida.
Gradualmente van llegando los demás asistentes. En su mayoría no saben leer ni escribir. —Papá, yo les ayudo con el llenado de sus cuadernillos— me dice mi hijo. Un acto de solidaridad, o como yo le llamo, vocación de servicio. No necesito decir más nada, mi hijo conoce mi lenguaje a través de la mirada.
Doy inicio. Intercambio con el grupo algunas de mis experiencias, me miran atentos, me escuchan… —¡necesitamos de apoyos financieros, cierto!, pero si nadie nos ayuda no claudicaremos. Les voy a demostrar que cada uno de ustedes tiene talentos escondidos, habilidades dormidas que se mantienen a la espera de ser despertadas para emprender un negocio— les digo mientras que mi mirada escruta los rostros de cada uno en un intento por adivinar lo que ellos callan.
La confianza hace acto de presencia. Ezequiel y Margarita, su esposa, rompen el silencio. Me dejan ver a través de sus palabras lo crudo de su realidad. Mi corazón se estruja. La mayoría agacha la cabeza, como en señal de respeto.
Mi mente revoluciona para dar salida de mi boca a una serie de opciones que pueden llevar a cabo para sobrevivir. Sus miradas brillan. La esperanza por encontrar una salida que desahogue sus presiones económicas palpita. Doña Martha toma la palabra… —Yo vendí verduras muchos años, hasta que una enfermedad me llevó a perder lo que tenía. Ahora vendo hilos y listones. La vendimia no siempre es buena, pero no me rindo porque necesito comer. Además, tengo dos hijas; una es diabética y la otra no está bien de la cabeza. No pueden valerse por sí mismas. Es cierto que no sé leer ni escribir, pero si tú me explicas como mejorar en mi negocio, aprenderé.
Respiro profundo, intentando que mis emociones no se muestren quebradizas. —¡Nadie nos ayuda, y los que se acercan sólo vienen a quitarnos el dinero que con enorme sacrificio nos ganamos!— refiere con cierto enfado otro de los asistentes.
—¡Coincido con el compañero! A mí me han dicho que incluso los despojan de sus casas— hace eco doña Guadalupe. Mi voz por un momento se apaga. «Debo encontrar la forma de convencerlos de que todo lo que dicen no es mi caso.» Lo intento.
Finalmente me asisten las palabras. Mis dinámicas y el material didáctico se convierten en mis cómplices. Los asistentes confían, sonríen, se entusiasman. Hacemos bromas, me esfuerzo al máximo posible para que entiendan que lo único que busco es su bienestar.
Termina el curso, 4 horas de desgaste intelectual y emocional que tienen su recompensa…, la solidaridad.
Nos despedimos del grupo. La lluvia no ha cesado. Mi hijo y yo entramos a la estación del Mexibus para emprender el regreso. Un señor se nos acerca —les recomiendo que tomen otra ruta, el carril está cerrando a causa de un accidente. Un motociclista se mató más adelante— él no espera por una contestación, se marcha para continuar anunciando la noticia entre los demás pasajeros.
Mi hijo y yo nos hacemos múltiples cuestionamientos, no sólo por el evento, sino también sobre lo lamentable de la zona. Un lugar tan olvidado.
Algo pasa, el Mexibus hace parada y lo abordamos. Dos estaciones más adelante la unidad disminuye considerablemente la velocidad. Sobre la plancha de concreto hidráulico yace un cuerpo sin vida junto a una motoneta. La frazada que lo cubre se mira con manchas de sangre, mucha sangre diluida por la lluvia. Una ambulancia y una patrulla custodian el cadáver. Avanzamos.
Al día siguiente mi hijo me busca para mostrarme la noticia de los diarios…, 2 jóvenes, uno de 14 y otro de 16 años mueren atropellados. Escapaban en su motoneta a toda velocidad. Habían cometido un asalto pero en su loca carrera, un auto les quitó la vida.
Regreso a Chimalhuacán para seguir con mis clases, convencido de continuar, y necio por transformar en fabricantes de sueños, a futuros comerciantes.

Roberto Soria - Iñaki