miércoles, 21 de junio de 2017

Sueños hechos realidad





La conoció en un sueño, uno de esos sueños de los que no se quiere despertar, un sueño repetitivo en donde las olas del mar se levantan majestuosas… —¿Qué pasa, hombre?—. Le preguntó preocupado el mejor de sus amigos —Nada, Jonás, que la he vuelto a soñar —estáis obsesionado, José Manuel, habéis cogido el mal del marinero.
José Manuel le había contado de sus sueños a su amigo. Se trataba de una Sirena, una de esas deidades existentes aparentemente sólo en la mitología…
—Es mejor que os apuréis, Chema, o llegaremos tarde para la pesca, son casi las 4 de la mañana —le advirtió Jonás mientras terminaba de vestirse.
La pequeña embarcación ya estaba lista, era la hora de realizar la faena. José Manuel y Jonás formaban parte del grupo de pescadores que moraban en esa pequeña demarcación. Chema, —como Jonás lo llamaba—, había quedado en la orfandad desde muy pequeño. A su padre se lo había tragado el mar en una de las jornadas y su madre, víctima de la depresión se había dejado morir.
—¡Jolines!, el mar está muy picado, José Manuel, además, es tarde y se avecina una tormenta—. Le dijo Jonás con algo de dificultad ya que viento era fuerte y las olas se levantaban por encima de los 4 metros provocando gran estruendo.
—¡Jonás, Jonás!; ¡¿escuchasteis?!..., ¡es ella!
—¡¿Qué, de qué coño estáis hablando!?
—¡Escuchadle, me está llamando, debemos navegar mar adentro!
—¡¿Habéis perdido el juicio?!...¡moriríamos!
—¡Debemos ayudarla, está sufriendo, si no queréis apoyarme comprenderé!
Jonás no dijo más. Se internaron entre las embravecidas olas remando con gran esfuerzo —¡Aquí, es aquí, Jonás!—. Gritó José Manuel, y sin decir más se zambulló en el agua.
Minutos de eternidad, así le parecieron a Jonás esos instantes. La tormenta se había desatado… —¡Chema, Chema!—. Gritaba desesperado Jonás, quien estaba a punto de saltar de la pequeña embarcación en su intento por rescatar a José Manuel, pero no fue necesario, José Manuel se montaba ya en la barca con algo de dificultad.
Llevaba consigo un cuerpo, Jonás no podía distinguir porque el torrencial se lo impedía… —¡Rema, vamos, rema!— Gritaba José Manuel.
Cuando llegaron a la orilla José Manuel tomó aquel cuerpo entre sus brazos alistándose para desembarcar, Jonás los miraba con asombro —Es ella, Jonás, la mujer de mis sueños, la que debía liberar, la que debo proteger… Jonás estaba boquiabierto hasta que finalmente pudo pronunciar; —disculpadme, Chema, por favor —¿de qué estáis hablando?, mi gran amigo Jonás —por ser incapaz de ver, lo que tú podéis mirar.

Roberto Soria – Iñaki.

martes, 20 de junio de 2017

El joven de la chaqueta negra


Caminaba 200 metros, ida y vuelta, un poco más de lo acostumbrado. Cobijado por las sombras, el regalo perfecto que le dejaba cada noche. Se sentó sobre la acera e introdujo su mano izquierda en su chaqueta de cuero; negra, resistente como el mismo acero.
Extrajo un lienzo de papel arroz y un envoltorio pequeño que contenía marihuana. Con gran habilidad forjó el pitillo mientras sus ojos observaban en todas direcciones, no por clandestinidad, sino para atisbar la cercanía de su víctima…, pero nada.
Mientras su mano derecha conducía el cigarrillo hacia su boca, su mano siniestra tallaba la cerilla sobre la suela de una de sus botas. Fumó, aspirando el humo una, otra y otra vez hasta que se lo terminó. —Son las 2 de la mañana, de seguro ya no tarda. Según lo que me dijeron debe venir bien forrado de billetes, le voy a clavar el fierro, después le quito el portafolio y, ¡a gozar!— se dijo a sí mismo mientras recorría la zona.
Sus manos temblaban, sabía que necesitaba de algo más fuerte. En el interior de su chaqueta se encontraba el subterfugio perfecto para aminorar su nerviosismo extremo.
Una pequeña bolsa de plástico que se deslizó entre sus dedos, al abrirla le introdujo un popotillo. Aspiró profundo, hasta lograr que el polvo entrara por su fosa nasal, después se relamió los dedos.
3 de la mañana, el esperado no llega, decide regresar al punto de partida, en ese callejón que le sirve como madriguera, pero antes de llegar a la esquina se detiene, algo atípico lo espera. «¡Joder, lo que me faltaba!». Era un auto de la policía, también había una ambulancia.
—¡Hijo, mi hijo!— gritaba una mujer, desesperada por la tragedia ocurrida a ese joven que yacía en el suelo.
—Disculpen, pero necesito hacerles unas preguntas —pronunció en voz alta un oficial de policía. El hombre que acompañaba a la mujer se acercó secándose los ojos —Oficial, él es... es decir, él era mi hijo...

Después de formular las preguntas el oficial se dirigió hasta la patrulla para emitir su reporte por la radio… —Afirmativo pareja, afirmativo; masculino, 17 años de edad, dos perforaciones en el cráneo por arma de fuego, portaba una chaqueta negra, de cuero…

Roberto Soria - Iñaki

lunes, 19 de junio de 2017

En las garras de Morfeo



—Mujer, ¿por qué deslizas una lágrima en tu almohada? —Es porque me siento incomprendida—. Le respondió la mujer al gran Morfeo.
La mujer había sufrido, era evidente. Realizar una lista de sus males sería el equivalente a un gran compendio. Siguió soñando, remendando lo raído de sus penas, abriendo sus valijas viejas, algo muy difícil para ella debido a las dolencias en sus manos por el reumatismo tan perverso que llegó para quedarse, aún ella sin quererlo.
La mujer hizo una pausa en su faena, en medio de su alucinación llegaron los recuerdos. Uno a uno hicieron su aparición los protervos… —¡Les di toda mi confianza, abrí las puertas de mi casa para ellos y a cambio del favor qué es lo que hicieron!, un estoque me clavaron por la espalda—. Lamentaba arrepentida al evocar tales sucesos.
—Pero… ¿Qué estás haciendo?—. La cuestionó Morfeo —Me deshago de este orbe putrefacto y deshonesto —pero, ¡es tu mundo! Además, ¡tú no puedes hacer eso! —¿Por qué no? —¡Porque yo soy el dueño de tus sueños!—. Le dijo al tiempo que le sujetaba de las manos.
—¡Basta ya!—. Decretó la mujer con voz segura, y en un solo movimiento de las garras del captor logro zafarse. —¡Detente, estás arruinando nuestros sueños! —no digas eso, Morfeo, que nos son nuestros, son los tuyos. He vivido prisionera en tus deseos, cual misógino me encadenaste a tu barbarie; pero ya no tengo miedo, ¡Mira lo que hago con tu mundo, con tus puñeteros sueños!
Al ver que la mujer lo retaba destruyendo todo lo que él había edificado, colérico estalló en su contra —¡Ja-ja-ja! ¿Y qué harás, mujer?..., ¡sin mí no vales nada! —equivocado estás, Morfeo, y lo vas a comprobar porque sin ti, voy a construir mis propios sueños.


Roberto Soria - Iñaki

El alma y el mar



Caminaban sobre lo suave de la arena bajo los rayos del sol, y escuchaban el sonido de las olas que rompían en el acantilado. La inmensidad del mar escapaba ante sus ojos perdiéndose en el horizonte… —Papá, —se dispuso a preguntar el pequeñín quien caminaba con su padre tomados de la mano —¿existe algo más grande que el mar?
El padre se detuvo, hilvanó sus respuestas en la mente intentando procesar lo que diría para que el pequeño entendiera sus palabras, sabedor de que su hijo no se conformaba con hacer tan sólo una pregunta. —Sí, hijo, existe algo mucho más grande que el mar; es el alma.
El niño se sentó hundiendo sus pequeñas manos en la arena, cabizbajo, pensativo mientras su padre lo observaba. Instantes breves hasta que levantó la cara… —Pero, el alma no se puede ver como lo hacemos con el mar, ¿por qué dices que es más grande? —Ven…
El padre lo condujo hasta lo alto de una roca. —¿Piensas que el mar es enorme? —Le preguntó a su vástago —sí, tanto que no alcanzo a mirar en dónde se termina —pues bien, las almas son aún ¡más grandes! Escucha: Mira la arena y esas rocas en donde se rompen las olas. Son un límite, una especie de contenedores para evitar que el agua se desborde —¿cómo si estuviera prisionera? —Indagó el pequeño —Sí. El alma no tiene límites, ni fronteras, y es tan grande que no distingues en donde comienza ni en donde se termina. Es libre, no así el mar —entonces, papá; ¿las almas son algo así como el cielo? —preguntó con gran curiosidad el niño. —Algo así —le respondió el papá.
—Hijo, el agua puedes tocarla aunque se escape entre tus dedos, pero el alma y el cielo..., no.
—¡Quiero tener el alma muy grande! ¿Puedo, puedo tenerla, papa? ¡Anda, di que sí puedo! —suplicó el menor mientras brincaba descalzo sobre la arena.

El padre se puso de rodillas para estar a la altura de su hijo y esbozando una sonrisa le respondió con gran seguridad…  —Claro que puedes, hijo, pero para tenerla, deberás como persona ser magnánimo.


sábado, 17 de junio de 2017

Me sacudiré mis miedos




Hoy me pienso sacudir el miedo, como lo hago con el polvo en mis ventanas. Titilaré como la flama de la vela que me alumbra, y meceré mis desvelos en la cama.
Me pararé frente al espejo, y admiraré los reflejos que de su cuerpo plano emanan. No sólo eso, acariciaré sus rasgos y los miraré a los ojos para decirles que por fin acepto el reto, el de conciliar mi mente con el alma.
Sí, hoy me pienso sacudir el miedo, sin importarme las cosas que vendrán mañana, porque el mañana es un futuro inexistente, que me presenta un panorama basado en la añagaza.
Mi statu quo lo demanda, al darme cuenta que la libertad es mansa, que no hay cadenas que aprisionen mi garganta, y que el Cenzontle entre la aves se distingue porque al amor…, le canta.
Hoy me pienso sacudir el miedo, para vestirme con el traje de la gloria, mi propia gloria, producto del tesoro que custodia mi memoria, cuyos recuerdos danzarán en el templete, hasta que llegue la invitada principal…, la muerte.
Decidido está, y si la sonrisa de mis labios no aflorara, recurriré al pincel que la simule, con acuarelas que dibujen el maná sin limitantes, para disfrutar el dulce néctar que por mucho…, me robaron mis amantes.
Y de avatares nada, porque la voluntad y la confianza que me asisten no desmayan. Así es que… ¡Miedo, prepárate! Porque no pienso perder esta batalla.

jueves, 15 de junio de 2017

Ella baila sola






Lánguidamente se desplaza entre las sombras, arrebujada por una toga de desvelos, ella, tan pequeña como la luciérnaga, pero llamativa por la luz de sus consuelos no me mira, porque su mente no distingue las quimeras.
Me tiro en esa acera, un love seat sin duda imaginario. Grito fuerte, en deseo de que ella escuche los vocablos que provienen de mi boca. Palabras desordenadas, párrafos repetitivos, tanto como las gotas de la lluvia que se presenta sin invitación en esa espera.
La contemplo, sí, a esa, la mujer que me confunde con sus letras, mientras ella se desnuda ante mis ojos, en plena calle, ante la mirada temblorosa de las farolas que con gran dificultad intentan disipar las lobregueces, porque la luz que se desprende de sus velas no es intensa.
Dos centenares de noches, tal vez un poco más, es el tiempo que yo llevo presentándome puntual a nuestra cita, para escribir en los folios de mi mente su sonrisa, con esa pluma que de mi corazón…, extrae cada gota de su roja tinta.
Pero su sonrisa no llega, se distrae, vislumbrando esa felicidad reputada como efímera, en donde yo juego un papel nada importante, consciente de que soy espectador, quizá, el más interesante.
La lluvia arrecia, pero yo sigo sentado, con mis ropas empapadas por la incapacidad de no saber controlar el torrencial que se avecina. Ella levanta la cara, para mirar las manecillas del reloj que pende de los muros invisibles, para comprobar que el tiempo se detiene, al menos en su mente.
Comienza el baile, esa danza que realiza sin inhibiciones porque se sabe sola, sin ojos que censuren la ruptura del compás ante sus yerros, sin la presencia de labios que repriman los movimientos excitantes de su cuerpo, contoneos desbordantes, sí, con el afán de sacudirse lo que no quiere adoptar porque proviene de sus propios miedos.
Ella baila sola, porque el danzarín que no equivocará los pasos se retrasa, ese, el que ella espera la conduzca hacia la gloria mientras yo… me sigo presentando en el estrado.
Termina su ritual, se viste, sin importarle lo mojado de sus ropas, y se marcha silenciosa —¡Espera, aquí estoy!—, un baladro de amor imperceptible para ella, no así para mis labios.
Parado en el medio de la nada miro desaparecer su silueta. Mis ojos buscan el reloj inexistente, sus manecillas otra vez se mueven, la luz de las farolas titila intensamente, y la lluvia que se proyecta contra el suelo me despide especulando…, quizá mañana.


Roberto Soria - Iñaki

miércoles, 14 de junio de 2017

Con el paso de los años



—¿Ya viste?, esos pobres ancianos, aquellos que conociste hace más de 30 años—. Digo para mis adentros mientras mis ojos contemplan las siluetas de dos viejos conocidos que rayan en los 90…, sí, casi 90 años, ¿y yo?, quejándome de los que tengo.
            Me miran y se me acercan, son menos de 20 metros los que deben caminar para llegar hasta mí, es la anchura que tiene nuestra calle… —¡Señora, señor, es un placer saludarlos!—. Les digo mientras mis manos estrechan las de la vieja pareja. Es entonces que la percibo, sí, la falta de fortaleza.
            Ojos hundidos, piel reseca, ¡escaso cabello, dentadura no completa!..., y sus pasos, tan cansinos… —¿Cuántos años sin vernos?—, me pregunta la señora mientras el señor, su esposo, levanta con gran esfuerzo su testa —pero, pasa, ¡hablemos de los buenos tiempos!—. Su voz es tan quebradiza que apenas puedo entenderla.
            Caminan delante de mí, apoyados por sus bordones mientras mis pasos se frenan al ritmo de sus talones. Me acomodo en la butaca de la estancia, el aroma en el ambiente huele a viejo. El polvo sobre los muebles se mide sin ningún problema.
En uno de los rincones se aprecia un tanque de oxigeno, junto a él, una silla de ruedas… Mi vista no se detiene; cuadros, figurillas de porcelana, trastos sucios, y en una de las esquinas, también una telaraña —Es hora de tu medicina—. Se acomide la señora mientras el marido se encamina al baño.
Me ignoran, sin intención por supuesto; 5 minutos, quizá 6, en realidad no lo sé, pero más o menos es el tiempo que le toma a la señora disponer de los medicamentos…, se gira despacio —Ouch, ¡otra vez estas rodillas!—. Sus manos tiemblan, sí, el Parkinson es su invitado.

Al mirar que su marido no regresa ella se encamina al baño. La puerta no está cerrada —¡Viejo, otra vez te has hecho fuera!, anda ven, debemos cambiarte la ropa—. Pasan delante de mí, por fin me miran, y tomados de la mano me preguntan… —Disculpe, ¿en qué podemos servirle, estaba nuestra puerta abierta?